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Jesús Martínez: La estirpe de un hombre que escasea en Hato Mayor

Fecha:

​Por Manuel Antonio Vega

​En el corazón de la provincia de Hato Mayor del Rey, donde la historia se escribe con el sudor de los hombres de trabajo, nació un ejemplar humano de los que ya no abundan.

Jesús Martínez no fue solo un ciudadano; fue un pilar de seriedad, honestidad y rectitud que se desmarcó del montón para transformar su entorno con la fuerza de su sapiencia.

​Fue un polifacético del progreso; un hombre de manos callosas y mente lúcida.

Su vida laboral fue un desfile de oficios nobles: desde tractorista y burdocista en las fincas de los hacendados más influyentes, hasta convertirse en un armero de primera, herrero y plomero fino.

No había bomba de agua en la zona rural que se resistiera a su técnica, la reparaba todas, dado a qué su fama hacía correr a donde él.

​Pero su legado no se limitó al taller, pues fue un arquitecto del tejido social de Hato Mayor: Como regidor y presidente del Concejo Edilicio (en tiempos donde el cargo era honorífico), impulsó resoluciones para dotar a la ciudad de zafacones, bancos en las paradas, áreas verdes y camiones para desechos.

Fue el gestor incansable que logró que el presidente Antonio Guzmán iniciara y terminara el sistema de alcantarillado sanitario del pueblo.

​Institucionalidad: Está entre los fundadores del Club de Choferes y la organización Unachosin, junto a figuras como Presbiterio Sosa (Cagua) y Yeye Vásquez.

Incluso, su huella llegó a la educación superior como uno de los gestores de la UASD en el municipio.

​El valor civil y la familia

​La historia recordará a Jesús Martínez por su coraje. En 1961, en un gesto de profunda humanidad, arrebató de las garras del conflicto al niño Julio Aníbal Trujillo, protegiéndolo de quienes pretendían represalias por su apellido.

Era un hombre que no temía a la justicia ni al poder, tal como el sacerdote Eduardo Mackarty enfrentó en su momento al invasor yanqui.

​En el hogar, junto a su esposa Rosa Ramírez, forjó una familia de profesionales que hoy sirven a la sociedad: desde plomeros que heredaron su oficio, hasta abogados, arquitectos, agrónomos y médicos.

Con Rosa Ramírez y procreó: A Héctor de Jesús (Keko)-plomero- Robert-plomero- Marilín, abogada trabajó en la UCE, Milton -Arquitecto-(Chino), Kennedy de Jesús -Agrinomo y Sandra Elizabeth, Dermatóloga.

También procreó fuera del matrimonio a: Kenia, profesora; y a Eridah, abogada.

Su taller en la calle Pedro Guillermo No. 20 fue, por décadas, un símbolo de laboriosidad.

​Irónicamente, el hombre que recordaba cada conexión de tubería y cada rincón de su pueblo, pasó sus últimos años librando una batalla contra un Alzheimer severo. Esta enfermedad opacó su fértil memoria y lo retiró de las calles que tanto ayudó a construir, hasta su fallecimiento en el año 2011.

Hoy, Hato Mayor del Rey guarda su nombre como el de una cepa humana en extinción, un modelo de hombre que las nuevas generaciones harían bien en emular.

​Es bueno reiterar que en Hato Mayor del Rey, donde el sol del Este curte la piel y el carácter, habitó un hombre de una honestidad tan tajante que hoy parece un mito. Jesús Martínez no fue solo un ciudadano; fue un arquitecto del progreso local, un espécimen de rectitud que hoy, en estos tiempos de ligerezas, se extraña como a una cepa humana en extinción.

​Un hombre de mil oficios y una sola palabra

​Hijo de Martina Calderón y del fino carpintero Gaspar Reyes Martínez —quien reconstruyó sueños tras el paso del ciclón San Zenón—, Jesús heredó la precisión de la herramienta.

Fue un polímata del esfuerzo físico y mental:
Maestro técnico: Se destacó como armero de primera, herrero y plomero fino.

Su destreza lo llevaba desde los talleres urbanos hasta las zonas rurales, donde devolvía la vida a las bombas de agua.

Bajo su gestión como presidente del cabildo, Hato Mayor comenzó a lucir como ciudad: propulsor en el reparto de solares en Ondina y Las Malvinas, la creación de áreas verdes que hoy oxigenan al pueblo.

Jesús Martínez murió como vivió: con la frente alta, dejando a Hato Mayor del Rey la lección de que la política y el trabajo pueden ser, si se quiere, actos de absoluta nobleza.

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