Por Manuel Antonio Vega
Han transcurrido 365 días desde que el estruendo ensordecedor cambió para siempre el pulso de nuestra ciudad. Un año después, donde antes había un movimiento incesante de montacargas y el rugir de turbinas, hoy solo queda el esqueleto de un galpón y el aroma de ofrendas florales ya marchitas.
Pero más allá de los escombros físicos, lo que queda es una pregunta que las autoridades y los dueños aún no han querido responder con honestidad: ¿Cuántas vidas vale el ahorro en una supervisión técnica?
La cronología de aquel día fatídico es un aviso de que los desastres rara vez son espontáneos; son, casi siempre, el final de una cadena de omisiones:
09:15 AM: Se reportan los primeros indicios de irregularidad en el sistema eléctrico.
Una señal de alerta que fue ignorada o subestimada.
10:42 AM: La explosión inicial sacude los cimientos de los edificios colindantes. El pánico se apodera del sector.
Las horas siguientes: Un despliegue heroico, pero insuficiente, de bomberos luchando contra un infierno alimentado por químicos y combustible que nunca debieron estar allí sin las medidas de contención adecuadas.
La raíz del mal: Lucro sobre seguridad
Al analizar el colapso, la causa dorsal emerge con claridad: la estructura fue sometida a múltiples modificaciones sin la supervisión de rigor requerida.
Esta es la parte donde la responsabilidad de los dueños se vuelve ineludible.
Priorizar la expansión o la eficiencia operativa sobre la estabilidad estructural es, en términos sencillos, jugar a la ruleta rusa con la vida de los empleados.
Sin embargo, el dedo acusador no debe detenerse ahí.
¿Dónde estaban las autoridades?
La falta de inspecciones periódicas y la laxitud en la entrega de permisos convierten al Estado en un cómplice silencioso.
Una estructura no se modifica de la noche a la mañana; el colapso de Jet Set fue una tragedia anunciada que se gestó a plena vista de inspectores que no llegaron o que prefirieron mirar hacia otro lado.
Las cicatrices invisibles
El impacto humano sigue siendo la parte más cruda de esta historia. Las familias de las víctimas hoy libran una batalla legal extenuante, enfrentándose a corporativos que responden con comunicados fríos en lugar de asumir su culpa.
Los sobrevivientes, por su parte, cargan con el trauma: para ellos, el sonido de un avión ya no es parte de la rutina, sino un disparador de terror.
A nivel institucional, el panorama es decepcionante. Aunque se presumen «nuevas normativas» y «protocolos de inspección sorpresa», el informe final sobre las causas exactas sigue atrapado en un laberinto de debates técnicos entre peritos y la empresa.
La justicia parece avanzar a un ritmo mucho más lento que el dolor de los deudos.
La tragedia de Jet Set no fue un accidente fortuito. Fue la acumulación de pequeñas negligencias que encontraron el peor escenario posible.
Si las autoridades no actúan con contundencia contra los responsables y si la sociedad permite que el tema caiga en el olvido, solo estaremos esperando el próximo estruendo.
Un año después, la memoria no solo es un homenaje a los que se fueron; es una exigencia de que la seguridad nunca vuelva a ser sacrificada en el altar de la eficiencia económica.







