Por: Manuel Antonio Vega
La muerte no entiende de ritmos ni de rimas. Se presentó sin aviso, envuelta en el estruendo de un metal contra otro, en la penumbra de una madrugada que prometía ser una jornada más de trabajo.
Allí, sobre el asfalto perfumado por el humo de los vehículos al transitar por Verón, quedó tendido el cuerpo de José Luis Sosa Ortiz, el joven que cambió el silencio de los campos de Hato Mayor por el bullicio de la zona turística, persiguiendo un destino que terminó traicionándolo.
El impacto que silenció un sueño, llegó
en las primeras horas del lunes.
José Luis conducía su Suzuki AX100 negra, su fiel compañera de batallas en el motoconcho, cuando el destino tomó la forma de un pesado camión.
El choque fue brutal, seco, definitivo.
En un instante, los 24 años de vida del artista de rap se convirtieron en un expediente policial y en una cifra más de las tragedias viales que desangran la región Este.
Aquellas manos que escribían letras de superación y que habían servido con esmero en los hoteles de Bávaro, quedaron inertes bajo las luces intermitentes de las ambulancias del 9-1-1, que llegaron más rápido que nunca a la escena de la tragedia.
»Salió de su casa con el pecho lleno de música, pero la carretera le arrebató el último aliento», comentan con el corazón roto quienes conocieron su lucha y afán por el rap.
La historia de José Luis es la de tantos jóvenes dominicanos: la huida del paraje humilde hacia la ciudad en busca de «algo mejor».
Dejó atrás el paraje La Mora y se instaló con su madre en San Pedro de Macorís, para luego lanzarse a la conquista de Verón.
Trabajó, sudó y cantó, siempre con la mirada puesta en un futuro que hoy se ha vuelto ceniza.
El regreso a casa no será como él lo planeó. No habrá aplausos ni éxitos que presumir.
El joven artista volverá a su natal Mata Palacio dentro de un féretro gris, lo que a lo mejor nunca imaginó..
La Funeraria del Pueblo de Morquecho será el escenario de su último adiós, un lugar donde el llanto de una madre sustituirá el beat de sus canciones.
La vida de Sosa Ortiz era una coreografía de esfuerzo.
Durante el día, sus manos conocieron el rigor del servicio en los hoteles de la zona; más tarde, el manubrio de su motocicleta se convirtió en su oficina de «motoconcho»
Hoy, la comunidad de La Mora llora a un hijo que se fue buscando la vida y encontró la muerte.
El cementerio de esa jurisdicción recibirá los restos de quien solo quería que el mundo escuchara su voz, pero que ahora, solo deja tras de sí un silencio que desgarra el alma.







