Por Manuel Antonio Vega
El brutal asesinato de Joel Donatilio Torres Pichardo, exoficial de la Dirección Central de Investigaciones Criminales (Dicrim), a plena luz del día en el sector El Ejido de Santiago, es un golpe más a la tranquilidad ciudadana y una alarmante señal de que la violencia criminal en esta importante provincia sigue escalando sin control.
Este hecho no es un incidente aislado; se suma a una serie de crímenes que han sembrado la preocupación entre los residentes.
Que un exmiembro de una agencia de investigación sea ultimado con esta saña y descaro, en una zona transitada y a la vista de todos, sugiere una audacia criminal que desafía abiertamente a las autoridades.
El pánico de los vecinos, que vieron el sangriento episodio y la rápida huida de los sicarios en motocicleta, es el reflejo del miedo que se está apoderando de las calles de Santiago.
El hecho de que el ataque ocurriera a plena luz del día en una calle concurrida demuestra una escalada en la impunidad con la que operan los grupos criminales.
Ya no temen la presencia de testigos ni la posible respuesta inmediata de la ley.
El blanco del ataque, un exoficial del Dicrim, no solo es una vida perdida, sino que puede interpretarse como un mensaje intimidatorio a las propias fuerzas del orden, lo que exige una respuesta contundente y sin titubeos.
Pérdida de Tranquilidad
La muerte de «Jhon» Torres Pichardo, un residente del sector El Congo, no solo enluta a una familia y a los círculos policiales, sino que arrebata la sensación de seguridad a toda la comunidad de Santiago.
La gente ya no se siente segura en sus barrios ni a la salida de sus negocios.
Es imperativo que la Policía Nacional y el Ministerio Público no escatimen recursos ni esfuerzos en la identificación y captura de los responsables.
Este caso, por sus implicaciones y por la audacia de los criminales, debe ser tratado como una prioridad nacional.
Santiago necesita una respuesta inmediata y efectiva.
Las autoridades deben reforzar la seguridad en los barrios, desmantelar las estructuras criminales que están detrás de esta ola de violencia y, sobre todo devolver a la ciudadanía la certeza de que el Estado tiene el control de las calles y puede garantizar la vida y la paz de sus habitantes.
Cada bala disparada en El Ejido es un recordatorio de la urgencia de actuar.
Aquí no vale que un vivero policial salga diciendo que se investiga. Aquí lo que vale es un accionar rápido que mande una señal de que se recobrará la tranquilidad perdida en todo Santiago.
Si hay que quitar jefes policiales, que se quiten, que se trasladen o se cancelen a quién hayan que cancelar.
Santiago requiere de paz, tranquilidad y que la delincuencia desaparezca de los barrios de una vez y por siempre.







