Por Manuel Antonio Vega
El reloj marcaba la madrugada este viernes 26 de diciembre, cuando el destino de Perla Yokasta se cruzó con el azar violento de una callejenta.
En el sector La Ciénaga, donde el callejón se vuelve laberinto y la oscuridad suele ser cómplice, el silencio no trajo descanso, sino un estallido metálico que cambió el llanto por la vida.
El rugido de la pólvora ocurrió en un instante robado al sueño.
Perla regresaba con amigos de buscar combustible, una tarea cotidiana que la muerte decidió interrumpir.
Iba en la parte trasera de una motocicleta, sintiendo el viento frío de la madrugada, sin saber que desde las sombras, el cañón de una pistola ya dictaba su final.
El proyectil, un casquillo calibre .45 que luego sería recuperado como la única prueba de la infamia, surcó la negrura con una velocidad despiadada.
Se incrustó en el cuerpo de la joven trigueña, apagando su luz en medio de la vía pública, ante el horror de quienes la acompañaban.
Tras el estruendo, llegaron las sirenas, el parpadeo azul y rojo de las patrullas iluminó los rostros de impotencia de una familia que no encuentra consuelo.
Allí, entre el frío del asfalto y el rigor de los peritos, la Policía Científica intentaba armar el rompecabezas de una muerte que, hasta ahora, no tiene rostro.
»Dolor, consternación e impotencia», son las únicas palabras que logran articular sus allegados.
No piden clemencia, piden que el nombre del asesino salga de la oscuridad.
Mientras el Ministerio Público y la Policía Nacional entrevistan a los sobrevivientes —aquel conductor y la mujer que presenciaron el horror—, el sector de La Ciénaga guarda un silencio tenso.
Las autoridades prometen detalles concluyentes, pero para los padres y amigos de Perla, el tiempo se detuvo en ese disparo.
La investigación sigue su curso, pero el vacío que dejó esa bala en el corazón de su familia es ya un abismo insondable.







