Por Manuel Antonio Vega
El sol de la mañana del 24 de diciembre apenas comenzaba a calentar el asfalto en San Pedro de Macorís.
Mientras la mayoría de las familias en el sector Juan Pablo Duarte despertaban con el ajetreo propio de la Nochebuena —la música de fondo, el olor al cerdo que se empieza a asar y los planes para la cena—, el estruendo de la pólvora rompió la armonía festiva.
No eran fuegos artificiales.
Ricardo Ramírez, a quien todos en el barrio Las Flores conocían cariñosamente como «La Pipa», recorría las calles sobre su motocicleta.
A sus 28 años, su anatomía enjuta era el reflejo de una vida de trabajo diario como motoconchista.
Esa mañana, sin embargo, su ruta habitual se convirtió en una trampa, fue asaltado en la víspera de la Nochebuena.
Cerca de la calle Las Piedras, el destino de Ricardo se cruzó con la sombra de los desconocidos, individuos, cuya identidad aún se oculta tras la huida, lo interceptaron con la violencia de quien no tiene nada que perder.
Los disparos silenciaron el rugido del motor.
«La Pipa» cayó al suelo, quedando su cuerpo boca abajo sobre el pavimento frío, mientras sus agresores desaparecían del lugar llevándose lo que para él era su sustento y su vida: su motocicleta.
La escena que encontró la Policía Nacional era desoladora.
En una fecha donde las calles suelen llenarse de abrazos y reencuentros, solo quedó el rastro de la sangre y el silencio de una investigación que apenas comienza.
La ausencia del vehículo en la escena refuerza la hipótesis más amarga: lo mataron por un robo.
Ricardo no regresó a su casa en Las Flores.
En su mesa, este año no hubo risas ni brindis.
La violencia le arrebató la oportunidad de compartir la última cena del año con los suyos, dejando a San Pedro de Macorís con el luto de una Nochebuena empañada por la tragedia.







