Por Manuel Antonio Vega
Corrían los días de septiembre de 1957. La dictadura pesaba sobre la República Dominicana, pero en el ámbito rural, la vida seguía el ritmo ancestral de la agricultura.
Hato Mayor del Rey, una pujante comarca, era el centro económico de una región de hombres de valía… y de cobardes.
Panchito Calderón era uno de esos hombres de la tierra, un hacendado discreto, de pobre vida social, pero importante en la comunidad de Santana, sección El Manchado.
Su vida giraba en torno a sus predios agrícolas y su fe, limitada a la asistencia sabatina a la Iglesia Adventista.
Estaba casado con Doña Florinda Rivera, con quien procreó a Lencho, Elsida, Lidia, Darío, Benirdo y Nelson.
Tras la muerte de Panchito la familia se trasladó al pueblo, a la calle Santiago Silvestre del barrio Villa Canto, pero su corazón y su trabajo seguían en Santana.
Ese día, Panchito, un hombre robusto para sus años, había cumplido una tarea habitual. Había recolectado varias fanegas de maíz en sus predios y había ido a venderlas.
El pago, a peso y medio la fanega, lo recibió en el almacén de Meme Nova, en el pueblo. El regreso era a lomos de su caballo blanco, cargando el fruto de su esfuerzo: el dinero y, sin saberlo, la sentencia.
La emboscada en la puerta de golpes
Para acceder a la comunidad de Santana, a unos cuatro kilómetros al Este de Hato Mayor, había que cruzar la tristemente célebre puerta de golpes, ubicada entre Las Palmillas y Santana.
Fue precisamente al desmontarse para abrir este rústico portón que Panchito fue atacado.
El asalto fue cobarde y despiadado. El verdugo, sin mediar palabra, descargó una andanada de palos que le hundió el cráneo y desfiguró su rostro.
No era un robo al azar; el asesino buscaba un botín preciso: el dinero de la venta del maíz.
El osado criminal, no conforme con silenciar al cristiano hombre, lo desnudó, buscando hasta el último centavo.
El cuerpo de Panchito quedó abandonado, semi desnudo, boca abajo en medio de un charco de sangre.
Pero el acto de vileza alcanzó una dimensión casi ritual. El asesino se llevó la ropa de su víctima.
En un giro macabro, se puso la ropa del hombre que acababa de asesinar.
Se calzó sus zapatos, se enfundó su pantalón y su camisa ensangrentada.
La celebración macabra en Los Barrancones
En lugar de esconderse en el paraje como Las Tunas, el homicida, con la indumentaria de Panchito puesta, tomó el camino hacia Hato Mayor del Rey.
Su destino era el corazón oscuro del pueblo: un carrandal, un bar de mala muerte en el sector de Gualey, conocido como Los Barrancones.
Allí, entre la música y el ron, el criminal comenzó a dilapidar el dinero producto del atraco y la muerte.
La noticia del homicidio corrió como pólvora. El cuerpo fue descubierto y, tras el levantamiento por parte de las autoridades, fue entregado a sus familiares.
Mientras el ataúd con Panchito Calderón reposaba en la sala de su casa, la maquinaria policial y militar, acompañada de un fiscalizador judicial, se puso en marcha.
La búsqueda se concentró donde los secretos se ahogan en alcohol: bares y burdeles.
La requisa se centró en Los Barrancones, un tugurio atiborrado, casi intransitable por la multitud de clientes.
»¡Quieto todo el mundo y cédula en mano!», tronó uno de los militares que lideraban el operativo.
Entre el revuelo, la tensión y el vaho a ron, los agentes observaron a un hombre alto y robusto.
La guardia se dirigió hacia él.
El hombre, apurado y nervioso, extrajo una cédula de identidad del.pantalón y se la entregó al militar.
Al revisar el documento, el militar se percató de la anomalía.
La cédula no coincidía con la identidad del hombre que la había entregado.
»A Usted andábamos buscando», dijo el militar con una frialdad cortante.
En un instante, el hombre quedó paralizado. No mugó.
El nerviosismo le había jugado la peor de las pasadas: había extraído del bolsillo del pantalón del difunto, que ahora vestía, la cédula de Panchito Calderón.
El espigado hombre, identificado como Francisco Trinidad, hijo de Lucas Trinidad no tuvo tiempo de reaccionar.
Fue inmovilizado y, con cuatro hombres apuntándole, fue esposado y conducido de inmediato al Cuartel Policial.
La captura fue fulminante. Los familiares de Panchito, que lloraban al muerto, fueron citados al destacamento. Abandonaron la sala de duelo con la rapidez y la avidez de quien busca la verdad.
Al llegar al cuartel, la escena fue escalofriante y la prueba, irrefutable.
Los dolientes no solo identificaron el documento de identidad de Panchito.
Estaban allí, a la vista, las prendas de vestir que el homicida se había puesto para ir a celebrar: el pantalón, los calzados y la camisa de Panchito Calderón.
Las investigaciones preliminares llevaron también a la detención de Severo Díaz, un vaquero de la Hacienda Nova Hermanos, contigua al lugar del hallazgo, aunque el principal inculpado era Francisco Trinidad, hijo de Lucas, residente de Las Tunas.
El gallito y la absolución fuen lo que siguió a la captura y la identificación en esa parte de la leyenda sombría de la región.
Francisco Trinidad fue auxiliado por fuerzas policiales.
Se cuenta en la comarca que su familia hizo uso de medios oscuros. Familiares del homicida aseguraron que Francisco fue «santiguado» por un primo que viajaba a Haití y que le pagó un ensalmo para que saliera pronto de la cárcel.
Verdad o mentira, el relato popular afirma que Francisco Trinidad logró ser absuelto con un «gallo» –probablemente una coima o una fuerte influencia– en el tribunal de El Seibo.
La justicia oficial, una vez más, claudicó ante el poder.
Tras la tragedia y la bochornosa impunidad, Lucas Trinidad, padre del homicida, no pudo soportar el peso de la historia.
Decidió abandonar Las Tunas, viajando primero a Sabana Grande de Boyá, y luego fue seguido por su familia, quienes lo acompañaron en el exilio voluntario.
El crimen de Panchito Calderón, silenciado en los anales oficiales, permanece como un recordatorio brutal de la justicia fallida en el camino real a Santana, un eco de la macabra celebración de un asesino vestido con la ropa de su víctima







