Por Manuel Antonio Vega
Bajo el cielo estrellado de ayer domingo, la calle Santiago Silvestre dejó de ser una vía de tránsito para convertirse en el comedor más grande y cálido de Hato Mayor.
Frente al Hotel JB, el aire no solo soplaba con la brisa fresca de diciembre, sino con un aroma a sazón casero y esa alegría compartida que solo el Club Marcelino Vega y la Junta de Vecinos de Villa Canto saben convocar.
No fue una cena cualquiera; fue un reencuentro de raíces, pues cientos de rostros, desde los abuelos de piel surcada hasta niños que apenas alcanzan la mesa, se sentaron hombro con hombro.
La organización fue el ingrediente principal, un orden impecable que permitía que la risa fluyera tan libremente como el vino y la comida.
El momento cumbre de la noche llegó con la entrega de pergaminos que olían a respeto y años de tiza.
El barrio se puso de pie para aplaudir a sus guías, los maestros: Leyda Vega, Lilian Vega de la Rosa, Franklin Villanueva, Silvio Silvestre, Bélgica Bautista y su esposo Arístides del Rosario y una larga lista de educadores que han moldeado el corazón de Villa Canto.
Hubo un silencio solemne, casi sagrado, al recordar a Iris Chávez, cuya partida reciente dejó un vacío que la comunidad llenó con un aplauso póstumo, al igual que el reconocimiento a Rafael Martínez, quien al momento de morir era el tesorero del glorioso Club Marcelino Vega.
Música, rifas y el «Frenesí» de Kelman
Cuando el hambre fue saciada, la música tomó el control, pues Peter Jiménez encendió la chispa, pero fue Kelman Núñez quien desató la euforia.
Fue tal la energía del mambo y el carisma de Kelman, que por un momento el público olvidó que había tesoros esperando en la tómbola.
La gente bailaba entre las mesas, celebrando la vida, la vecindad y la Navidad al ritmo de las canciones del carismático salsero.
Sin embargo, la expectativa volvió cuando aparecieron los premios «a pipá»:
Hubieron rifas de neveras, estufas y lavadoras que brillaban bajo las luces del escenario.
También se rifaron sacos de arroz, aceite y provisiones para asegurar el banquete en los hogares.
La ternura la pusieron los más pequeños, quienes en una fila disciplinada, metían sus manos en la tómbola para repartir la suerte entre sus propios padres y vecinos.
El triunfo de la unidad
gracias al respaldo de patrocinadores como Cristóbal Castillo, José Rijo Presbot y Amado de la Cruz, Vega Graphic, entre otros, la noche cerró con la satisfacción del deber cumplido.
Cuando las luces empezaron a apagarse y los vecinos regresaron a sus casas —algunos cargando una licuadora, nevera, abanico y televisor nuevo, otros simplemente con el corazón lleno—, quedó claro que en Villa Canto la unidad no es una palabra, es un rayo de luz que brilla más fuerte que cualquier adorno navideño.







