Por Manuel Antonio Vega
El aire en el Matadero Municipal de Hato Mayor solía tener un olor denso, una mezcla de sangre fresca y sol inclemente.
Allí, entre el ruidoso trajín de las reses, emergía la figura de Alfonso Astacio, mejor conocido como Manito Fonso.
De baja estatura y cuerpo redondo, Manito no solo cargaba cueros; cargaba con la fe de un pueblo que encontraba en sus manos la medicina que los laboratorios no sabían fabricar.
Fue el médico que no fue a la escuela
Manito no ostentaba títulos colgados en la pared, pero su voz, sonora aunque marcada por un tono fañoso, dictaba cátedra en las esquinas.
Mientras el Siglo XXI se jactaba de sus avances tecnológicos, él se plantaba en la calle Independencia No. 13, en el corazón del barrio Puerto Rico, para desafiar a la ciencia.
»La medicina de hoy es comercio; la mía viene de la madre tierra», solía decir mientras acomodaba sus frascos.
Su consulta era una mezcla de misticismo y generosidad.
No cobraba, pues decía ser un elegido de Dios, un profeta cuya materia prima no eran los químicos, sino la melaza de los ingenios y las plantas que brotaban del suelo de Hato Mayor.
Con eso, aseguraba domar desde un dolor menstrual hasta el temido SIDA o el cáncer.
Milagros embotellados
La leyenda de Manito Fonso creció entre susurros y titulares de prensa. Se decía que en Las Palmillas, un hombre llamado Cundo Jiménez pasó seis años encadenado a la locura, hasta que Manito llegó con sus pócimas de alcohol y hierbas.
Poco después, Cundo ya no arrastraba cadenas, sino que labraba la tierra en las fincas vecinas.
Fue dueño de «La Güiry», un restaurante que fue epicentro del sabor local, pero su verdadera riqueza, según él, no estaba en el dinero:
«Soy rico, no necesito plata; lo que quiero es que la gente sane».
El último encuentro con el agua
Como todo personaje de leyenda, su final tuvo un tinte épico y doloroso.
El 24 de agosto de 2014, el cielo de la región no tuvo piedad, pues Manito Fonso, el hombre que presumía de curar el cuerpo, no pudo curar la furia de la naturaleza.
Al intentar desafiar la crecida del arroyo Peñón, en San Francisco-Vicentillo, su camioneta fue devorada por la corriente. El hombre que todos buscaban para salvarse desapareció en el lodo, para ser encontrado tres días después por las aguas de Anamá, en El Seibo.
Hoy, cuando el viento sopla sobre el barrio Puerto Rico, todavía parece escucharse la voz de Manito Fonso, recordándonos que en Hato Mayor, hubo un tiempo en que la fe se servía en tisanas y la esperanza olía a melaza.







