Hato Mayor no solo perdió a un fotógrafo en septiembre de 2020; perdió el espejo donde se miró durante más de medio siglo. Meinardo Contín Rijo, conocido por todos simplemente como Mey, fue el hombre que entendió, antes que nadie en la «Capital del Cítrico», que la fotografía no era solo un registro, sino un acto de seducción y arte.
De la Estirpe al Oficio
Hijo del historiador y exalcalde Melchor Contín Alfau y de doña Flor Rijo, Mey parecía destinado a las letras o a la política. Sin embargo, en 1972, decidió capturar la historia en lugar de escribirla. En una época donde el flash era un destello de magia, Mey se instaló en la calle Mercedes No. 11, convirtiendo ese número en un santuario de la imagen.
El Fotógrafo de las Mujeres
Lo que realmente definió la carrera de Mey fue su audacia. En las décadas de los 60 y 70, su estudio se convirtió en un lugar de «peregrinación» para las féminas de la ciudad. Mientras otros fotógrafos se limitaban a retratos acartonados, Mey innovaba:
La Revolución del Bikini: Bajo su dirección, las mujeres de Hato Mayor se atrevieron a posar en bikinis y poses semidesnudas, desafiando el conservadurismo de la época.
El Imán de sus Ojos: Dicen los que le conocieron que sus «ojos galanos» no solo servían para enfocar el lente, sino para inspirar la confianza necesaria en sus modelos.
Conflictos y Fama: Esta libertad creativa le costó más de un altercado con novios y esposos celosos, y despertó la envidia de colegas que llegaron a denunciarlo. Pero Mey no se detuvo; cuando llegó el color, él ya era el «bateador designado» de la modernidad.
El Guardián de la Memoria
Más allá de la sensualidad de sus retratos femeninos, Mey fue un historiador visual. Fue corresponsal de El Caribe y un colaborador incansable del acontecer del «Ejido», el antiguo Hato Mayor.
Al morir, dejó un tesoro oculto: un archivo enriquecido de fotos antiguas de edificios y rincones que ya no existen. Esas imágenes son, hoy por hoy, el ADN de la ciudad. Como bien señala su amigo Manuel Antonio Vega, ese legado no debe quedar en el olvido, sino en las paredes de una exposición que cuente a los jóvenes quiénes fueron sus abuelos.
Lo que nos deja Mey
Mey Contín fue un hombre serio en su trabajo, pero ligero de espíritu. Cobraba lo mismo en su estudio que a domicilio, porque para él, lo importante era que nadie se quedara sin su retrato. Se fue un 2 de octubre, el mismo mes en que nació en 1936, cerrando un ciclo perfecto de luz y sombra.
Nota: El archivo fotográfico que Mey guardaba con celo es hoy una pieza clave para la historia dominicana del siglo XX.







