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Militares incursionan por aire, tierra y mar a rescatar a LosHaitises de invasores

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Por Manuel Antonio Vega

​El sol aún no había roto del todo sobre la Bahís San Lorenzo, pero el aire ya estaba cargado de una tensión inusual.

El pasado viernes, el silencio ancestral de Los Haitises, el parque de los mogotes y las cuevas, fue quebrado no por el canto del ruiseñor ni los cuervos, sino por el zumbido metálico de las aspas de los elipcóteros y el rugir de los motores marinos.

​Desde Sabana de la Mar y los puntos costeros cercanos, los ojos curiosos presenciaron cómo el cielo se «nubló de naves» y el mar se «cubrió con la presencia de embarcaciones».

Era el preludio de una operación militar masiva, que inició el Servicio Nacional de Protección Ambiental (Senpa), junto a un despliegue sin precedentes de fuerzas armadas, estaba tomando por asalto la joya verde del Nordeste dominicano.

​El asalto al bosque húmedo, los mogotes, esas formaciones calizas que se elevan como catedrales de roca y vegetación, han sido durante meses testigos silenciosos de un lento y organizado ecocidio.

«Invasiones organizadas para la práctica del conuquismo,» las han calificado, refiriéndose a los asentamientos ilegales y la tala indiscriminada.

Los invasores, dominicanos y, en su mayoría, extranjeros indocumentados, habían desafiado la ley y la ecología, quemando y derribando árboles para sembrar yautía y producir carbón.

Cada árbol caído era una herida abierta en el pulmón de la reserva.

​El operativo conjunto se desplegó con la precisión de un reloj militar: aire, mar y tierra.

​Por aire, helicópteros de la Fuerza Aérea, probablemente del Comando de Fuerzas Especiales, sobrevolaban el dosel boscoso, identificando los claros creados por la agricultura ilegal.

​Por mar, embarcaciones de la Armada Dominicana se encargaban de cerrar la retirada costera y desplegar a la Infantería de Marina.

​Por tierra, Batallones de Comandos del Ejército, junto a unidades de Migración, guardaparques del Ministerio de Medio Ambiente, y guías, se internaban en la densa maleza, trepando entre lodo y raíces.

​La misión era clara: detener la expansión de las siembras irregulares, capturar a los depredadores y restablecer el equilibrio ecológico.

​El botín de la captura

​El bosque, normalmente refugio, se convirtió en una trampa para los invasores, pues el resultado fue contundente: 56 personas apresadas, 52 de ellas extranjeras indocumentadas. No estaban solos; se incautaron cinco mulos, los animales robustos y esenciales para «trepar en las montañas boscosas» y transportar los víveres y, sobre todo, el fruto de la depredación.

​Una a una, las siembras irregulares fueron desmanteladas.

La evidencia de la amenaza ambiental se apilaba, decenas de sacos de yautía confiscados, producto de cultivos ilegales que habían robado espacio a la biodiversidad nativa.

​El anuncio del Senpa, junto al Ministerio de Defensa, no solo detallaba la captura, sino que enviaba un mensaje inequívoco, la acción unificada de las instituciones, incluyendo a la Procuraduría Especializada para la Defensa del Medio Ambiente, garantizaba que Los Haitises no sería un territorio entregado al pillaje ambiental.

​Al caer la tarde, con los detenidos y el decomiso asegurados, un silencio diferente regresó al parque. Ya no era el silencio roto de la mañana, sino el de la ley restablecida.

Aunque la tarea de sanar el bosque es larga, por hoy, la defensa de la naturaleza había ganado una crucial batalla en el corazón de la República Dominicana.

El estado de conservación de Los Haitises y las consecuencias legales por su depredación son temas muy importantes, por lo que los operativos de supervisión deben ser reiterativos.

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