Por Manuel Antonio Vega
En las calles de Hato Mayor del Rey, pocos sabían que tras el nombre de Juan Isidro Martínez Calderón se escondía el hombre que podía hacer hablar al metal.
Para el pueblo, para los vaqueros del Este y para los hacendados de alcurnia, él era simplemente “Nene el Artista”, un armero cuya fama se regó como la verdolaga en cafetal, trepando por las lomas de El Valle hasta llegar a las costas de Higüey.
Su taller no era una simple herrería; era una clínica de precisión ubicada en la calle Pedro Guillermo, en el sector Villa Canto, justo donde hoy la Farmacia Amparo dispensa remedios químicos.
Pero en aquel entonces, los pacientes de Nene no sangraban: eran revólveres fatigados, escopetas mudas y pistolas que necesitaban el milagro de su mano.
El Bautismo de un Genio
El mote que lo acompañaría hasta la tumba no nació de la pólvora, sino del azúcar.
Don Abraham “Bambán” Hoffiz, un hacendado de peso, sufría un dolor de cabeza constante: un chucho de arrimo de caña en el Ingenio Consuelo se negaba a marcar el pesaje correcto.
Tras desfilar técnicos de renombre que fracasaron uno tras otro, Bambán llevó al «diminuto» armero de Hato Mayor frente a la máquina.
Nene, con esa sapiencia silenciosa del autodidacta, ajustó lo que otros no veían, pues cuando el mecanismo volvió a la vida con precisión quirúrgica, Don Bambán sentenció:
—»Es usted un artista».
Desde ese día, Juan Isidro dejó de existir para dar paso a la leyenda.
Ciencia, gracia y misterio
Nadie supo nunca quién le enseñó los secretos de la metalurgia y la balística.
Nene aprendió desarmando el miedo y la historia, pieza por pieza, de las armas viejas que llegaban a sus manos.
Su técnica era tan depurada que incluso veteranos como Chichí Soriano «El Muerto», un herrero curtido en las fraguas de METALDOM, lo visitaba con frecuencia, intrigado por la audacia de aquel hombre que parecía entender el alma del acero.
Verlo trabajar era un espectáculo, pues con el esqueleto de una escopeta atrapado en la prensa, Nene operaba.
En lo que «pestañea un gato», la pieza estaba reparada, personalizada con grabados artísticos o modificada para usos especiales, desde armas de vaquero hasta delicadas piezas de escritorio para los hombres más pudientes.
El erudito de Villa Canto
Pero Nene no solo hablaba a través de sus herramientas.
Poseía un verbo florido, una oratoria de erudito que contrastaba con el ruido de los martillos.
Quien iba por una reparación, se llevaba también una cátedra, de historia antigua o canciones de Carlos Galder.
Era un hombre conspicuo, un técnico que combinaba el conocimiento científico con una mística personal que atraía a curiosos que intentaban, en vano, «robarle» el secreto de su arte.
El Final de una Época
El siglo XX cerraba sus puertas y, con él, la era de los grandes maestros artesanos de Hato Mayor del Rey.
Antes de que el ciclón Georges borrara del mapa la estructura de su taller en Villa Canto, Nene el Artista se mudó a Santo Domingo, alejándose de los ojos de las nuevas generaciones que hoy caminan por Hato Mayor sin saber que, en esa esquina, un hombre hacía ciencia con la punta de un cincel.
Hoy quedan sus hijos —Mayra, Dominga, Maribel y Gaspar— y el recuerdo de un hombre que no solo limpiaba armas para que quedaran como nuevas, sino que elevó el oficio de armero a la categoría de las bellas artes.







