Por: Manuel Antonio Vega
A mí no me asombra que en los gobiernos existan «gatos ladrones» sin escrúpulos para saquear el erario.
Hasta hace poco, mis críticas se limitaban al análisis cotidiano que cualquier ciudadano profiere en una esquina o en un patio campesino.
Pero tras analizar el alcance del desfalco en el Seguro Nacional de Salud (SeNaSa), el asombro se ha convertido en un grito de indignación: este no es solo un robo de dinero, es un crimen de lesa humanidad contra los «desvencijados de la vida».
Un atraco sin disparos.
Organizaron un asalto donde no se disparó un solo proyectil, pero las víctimas se cuentan por miles.
Comparados con lo que revela la «Operación Cobra», los corruptos de gobiernos anteriores parecen «niños de teta».
Aquí no solo se sustrajeron miles de millones de pesos; se asaltó la salud de los más vulnerables, de los pobres de solemnidad que murieron por no tener fondos para un medicamento o un estudio que figuraba como «pagado» en los libros de la institución.
En el esquema del «Efecto Cobra»,
el Ministerio Público ha desnudado un esquema de facturación irregular y manipulación administrativa que redefine la palabra «perversidad».
Estas son las modalidades del robo que han puesto al pueblo boca arriba:
Servicios fantasma, pues se facturaban procedimientos, estudios y tratamientos que jamás se ejecutaron, utilizando nombres de afiliados reales.
Eran cobros inflados, con servicios parciales que eran reportados como completos para cobrar la tarifa máxima.
La duplicidad era descarada, porque se reportaban procedimientos idénticos en periodos cercanos para un mismo paciente.
Se llegaron a facturar internamientos y atenciones ambulatorias simultáneas para la misma persona; un absurdo técnico que solo el dolo puede explicar.
Se implementó un nuevo lavado de fondos, ya que los pagos emitidos por SeNaSa eran desviados hacia una red de personas físicas y jurídicas vinculadas directamente a los hoy imputados.
La traición a la confianza
Lo más doloroso no es solo el monto del fraude, que asciende a miles de millones de pesos, sino la traición a la confianza depositada por el presidente Luis Abinader.
El señalado como diseñador y organizador de este entramado, Santiago Hazim, era un hombre del círculo íntimo del mandatario.
Hoy, mientras las familias de los fallecidos por falta de atención lloran a sus muertos, el principal artífice busca eludir la celda simulando enfermedades que su propio esquema le negó a los pobres.
Eran, y son, unos demonios.
Estos enemigos del género humano no merecen menos que hundirse en la cárcel.
No sabíamos que eran tan ladrones, pero ahora que lo sabemos, la justicia no puede parpadear.







