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Ruddy Rivera, el «Rey de las Camisas» en Hato Mayor

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Es también el sastre que viste el alma al predicarle el evangelio a sus clientes

​Por Manuel Antonio Vega

En Hato Mayor, donde el sol suele ser un sastre inclemente que abraza las calles, existe un hombre que ha dedicado más de medio siglo a domar la tela y a darle forma a la elegancia del buen vestir.

Es Ruddy Rivera González, un hombre de verbo fluido y manos precisas, cuyo destino parece haber sido hilvanado desde su nacimiento en 1958, en la calle Duarte, justo frente a los Almacenes Nova.

​Ruddy es el fruto de una mezcla de oficios nobles: hijo de Mon Rivera, el barbero que conocía los secretos de la ciudad tras el volante y la navaja, y de doña Milagros González, la mujer que con el humo de su fritura alimentaba los sueños de la familia.

Fue bajo el ala de Milagros donde Ruddy, a los 14 años, sintió por primera vez el roce áspero pero prometedor del tejido, ayudándola a confeccionar aquellas camisas «caconas» que luego poblarían las tiendas del católico pueblo.

​El Estigma Amarillo que se hizo Corona

​La historia de Ruddy no se entiende sin la anécdota que cambió su identidad.

Todo nació de una camisa amarilla, confeccionada por su hermano y maestro, Wanelly «Hunyo» Rivera.

Ruddy la portaba con tal orgullo y frecuencia en el Bar La Caoba, que el profesor Juan Kivelier, con la precisión de un geómetra, sentenció al verlo llegar: «Ahí viene el hombre de la camisa amarilla».

​Lejos de molestarse, Ruddy abrazó el mote. Lo transformó.

Lo que empezó como una observación cromática terminó siendo su título nobiliario: «El Rey de las Camisas».

Porque para Ruddy, una camisa no es solo una prenda; es una declaración de principios.

​El Santuario de Villa Canto

​Al final del primer quinquenio de los años 70, Ruddy ya no solo ayudaba; ya era un creador.

A los 16 años, cortó su primera camisa chacavana, un hito que aún resuena en su memoria como el primer acorde de una sinfonía.

Hoy, desde su taller en la calle Genaro Díaz No. 6, en el sector Villa Canto, este sastre conspicuo sigue operando las máquinas con mágica precisión.

​Aunque la vieja máquina Singer de pedal —aquella que servía de ejercicio para el corazón y las venas— ha sido sustituida por motores modernos que no exigen el esfuerzo físico de antaño, la esencia permanece intacta.

Ruddy sigue colgando de su cuello esa cinta métrica de 60 pulgadas, una serpiente , azul o amarilla que es la única autorizada para medir la dignidad de un hombre.

​Por sus manos han pasado y aún desfilan las siluetas de la sociedad de Hato Mayor:
​Abogados e Ingenieros, que buscan el rigor del cuello perfecto.

​Políticos y Empresarios, como Santiago Vilorio , Olivo Santana, y Mártires Díaz, que confiaron en que su corte no les quede ni ancho ni largo, sino exacto, como una segunda piel.

​El Pueblo: Que ve en él a un vecino ejemplar que levantó una familia junto a Dulce María Peguero, profesionalizando a sus hijos y manteniendo viva la estirpe de chofer en su hijo mayor, en honor al abuelo Mon.

​La Filosofía del Dedal y el Hilo

​Ruddy Rivera no solo corta tela; corta prejuicios.

Dice con la sabiduría que da el octavo curso de la Bernardo Pichardo y la universidad de la vida, que «el dinero no ha perdido su valor, sino la sociedad que ha ido cambiando».

Mientras otros viven en la envidia —lo que él llama «la mente del diablo» por desear lo ajeno—, el Rey de las Camisas vive un eterno presente.

​Se acuesta y se levanta respirando el hoy.

En cada chacavana, en cada bleizer, en cada bermuda que sale de su taller, va un trozo de la historia de Hato Mayor.

Porque mientras haya un hombre que necesite una camisa que lo haga sentir digno, allí estará Ruddy, el sastre que aprendió que la moda es efímera, pero el buen corte es eterno.

Dice estar agradecido de su pueblo, especialmente de los profesores que lo escogen como su sastre predilecto.

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