Por Manuel Antonio Vega
En la historiografía dominicana, a menudo saturada de figuras masculinas con sables y charreteras, los nombres de las mujeres suelen quedar relegados a notas al pie de página o a roles de abnegación doméstica.
Sin embargo, la figura de Secundina Reyes (1867-1908) emerge desde las llanuras de Hato Mayor como una anomalía fascinante, una mujer que no solo habitó su tiempo, sino que lo confrontó con una fiereza que hoy llamaríamos vanguardista.
Una Estirpe de Tierra y Sangre
Nacida en la opulencia de los «ricos hateros» de Hato Mayor, Secundina no fue una heredera pasiva. Creció en un entorno donde la posesión de la tierra no era solo economía, sino soberanía. Su familia, los Reyes, representaba la columna vertebral de la región oriental, pero también fue blanco de la crueldad política.
El asesinato de Salomón Reyes en 1895 bajo la bota de la dictadura de Ulises Heureaux (Lilís) no fue solo una tragedia familiar; fue el combustible que forjó el carácter «arioso y varonil» de una mujer que entendió, a la fuerza, que en la República Dominicana de finales del siglo XIX, la debilidad era una sentencia de muerte.
Su matrimonio con el General Manuel Santana Bobadilla —nieto del prócer Ramón Santana— no fue una simple alianza social. Fue la unión de dos linajes de poder que colocaron a Secundina en el epicentro de la vida pública.
Sin embargo, ella no se quedó a la sombra del general.
El poder en las riendas y en el fusil
Lo que hace a Secundina una figura excepcional es su dominio de la logística y la economía regional, pues en una época de caminos intransitables, ella dominaba el transporte de carga hacia el puerto de San Pedro de Macorís.
Imaginemos por un momento la escena: Secundina dirigiendo recuas de mulos y caballos, recolectando frutos desde El Cercado hasta Magarín, gestionando el comercio en un mundo de hombres.
Su apodo de «La Generala» no era un título militar de academia, sino un reconocimiento popular a su capacidad de mando y a su audacia para enfrentar incluso a las fuerzas gubernamentales.
El Incidente de 1907: ¿Justicia o Persecución?
Su condena en El Seibo en 1907 por un «incidente de violencia» debe leerse con la lupa de la sospecha histórica.
En un país convulso, donde la ley solía ser el instrumento de los poderosos para aplastar a los disidentes, la rebeldía de Secundina era una amenaza al orden establecido.
Su carácter indómito, tildado de «varonil» por una sociedad que no sabía procesar el liderazgo femenino, la convirtió en un blanco fácil para el estigma judicial.
Un Final de Leyenda
Como toda gran tragedia heroica, la vida de Secundina terminó en traición. Su asesinato al cruzar el arroyo Manrique, en sus propias tierras de Los Hatillos, cierra el ciclo de una mujer que vivió y murió bajo sus propios términos.
No murió de vejez en una cama, sino en el campo de batalla cotidiano que era su propiedad.
Secundina Reyes no debe ser recordada solo como una mujer de temperamento fuerte. Debe ser reivindicada como una pionera de la emancipación económica y civil.
Fue una mujer que manejó negocios, enfrentó dictadores, sobrevivió a tragedias políticas y mantuvo el control de su heredad en un siglo que intentó negarle todo protagonismo.
Hoy, cuando buscamos referentes de valentía en la mujer dominicana, los ojos deben volverse hacia Hato Mayor.
Secundina Reyes es la bujíainspiradora de la Libertad femenina en el Este dominica de que la libertad no se pide, se toma; y que el liderazgo, más que un título, es una huella imborrable en la tierra que se defiende.







