Por Manuel Antonio Vega
Desde su fundación en 1520, esta ciudad ha visto desfilar a próceres y tiranos, pero pocos testigos han sido tan fieles como aquellos que, desde una esquina, observan el paso del tiempo mientras se ganan la vida.
Andrés Jiménez Espinal, conocido por todos como «Sijo», no fue un historiador académico, pero durante más de 30 años guardó en su paletera la historia no escrita de todo un pueblo.
Entre bombas lacrimógenas, galletas y caramelos
Sijo llegó al Liceo César Nicolás Penson en una época donde el aire pesaba.
Se inició en el oficio en enero de 1975, tras un breve y accidentado paso por la escuela Bernardo Pichardo, donde —según sus propias palabras— «los tigres» daban cuenta de su mercancía, se la robaban, antes de que pudiera venderla.
Le tocó ser el espectador de primera fila de las revueltas estudiantiles contra los gobiernos de Balaguer, Antonio Guzmán y Jorge Blanco.
Mientras los «Cacos Calientes» reclamaban butacas, laboratorios y conquistas sociales, Sijo estaba allí, calmando la adrenalina de la lucha con mentas y chocolates.
Era, en esencia, quien endulzaba el paladar de la resistencia.
«Algunos se iban debiéndome cheles al terminar el bachillerato, pero yo ya les había ganado la plusvalía por todos los años que me compraron», decía con esa sabiduría pícara de quien conoce la calle.
Un baúl de secretos y castañas
Aunque su movilidad era reducida debido a una dificultad en su pierna, su espíritu era inquieto. Sijo no era solo un vendedor; era un confidente.
Su oferta estrella: Las famosas castañas hervidas, que volaban de su puesto apenas llegaban.
Contaba con su red de apoyo a estudiantes y maestros que se turnaban para ayudarlo a abrir su puesto, un ritual diario que demostraba el respeto que su figura inspiraba.
Sus aliados: Desde figuras como el Dr. César Cáceres Castillo hasta una larga lista de maestros que, más que clientes, fueron sus protectores.
Hijo de Celia Jiménez y Amado Espinal, Sijo personificó la laboriosidad del seibano ausente que echa raíces en suelo ajeno.
Aunque sus limitaciones físicas le impedían marchar junto a los jóvenes en las protestas que tanto le gustaba observar, su presencia era el ancla de normalidad en medio del caos social.
Sijo se fue como vivió: siendo un baúl de recuerdos.
Se llevó consigo los secretos de generaciones de estudiantes que, entre examen y examen, o entre piedra, quemas de neumáticos y consignas, se detenían frente a su paletera para buscar un poco de azúcar y mucha conversación.
El caso de Sijo nos recuerda que la historia de una ciudad no solo se escribe en los archivos municipales o en los bustos de mármol de las plazas; se escribe, sobre todo, en las esquinas, en los patios de recreo y en el roce diario de sus gentes.
Personajes como Andrés Jiménez Espinal son el pegamento invisible de nuestra sociedad.
Mientras los políticos pasaban y las leyes cambiaban, Sijo permanecía allí, inamovible, como un faro de dulzura en tiempos de gas lacrimógeno.
Su paletera no era solo un negocio de «cheles» y golosinas, era un confesionario donde el estudiante rebelde bajaba la guardia y el profesor agotado encontraba un respiro.
Al final, ciudades como la nuestra, con más de 60 mil almas y siglos de existencia, no se definen solo por sus cimientos de 1520, sino por la lealtad de hombres que, a pesar de sus propias limitaciones, decidieron servir a los demás con una sonrisa y un puñado de castañas.
Sijo se fue, pero su eco queda en cada exalumno que hoy, convertido en profesional, recuerda que hubo un hombre que, sin poder marchar a su lado, les endulzó el camino hacia la libertad.
¿Quienes se acuerdan de este personaje en el liceo César Nicolás Penson?







