Por Manuel Antonio Vega
En los barrios y campos de la República Dominicana, existen hombres que se vuelven parte del inventario emocional de su pueblo.
En Hato Mayor, ese hombre fue Thomás Taveras.
Nacido en la sección Don López en 1934, Thomás no solo reparaba aparatos; reparaba la conexión de la gente con el mundo a través de la radio y la televisión.
Su taller en el mercado no era solo un cementerio de transistores y tubos vacío, sino un teatro de la palabra.
De la Guardia al Taller
Su vida fue un viaje de oficios:
Tractorista en las tierras de Antonio Nova.
Miembro de la Policía Nacional (donde aprendió la disciplina que luego aplicaría a los circuitos).
Chofer de confianza para personalidades como José Severino y Valito Peña.
Pero su verdadera vocación llegó con un estadounidense llamado Antron, quien le enseñó los secretos de la electrónica.
Para 1970, bajo la sindicatura de doña Criseyda Brea, Thomás ya era el «médico» oficial de los radios de la zona.
El Arte de «Ensalzar»
Lo que hacía a Thomás un personaje conspicuo no era solo su destreza técnica, sino su lengua ágil.
Tenía la capacidad de «ensalzar» al cliente más desesperado, logrando que una espera de semanas pareciera un privilegio.
«Tengo 30 hijos; eso sí, no me pregunten los nombres porque no me llegan a la memoria.
Las madres de los treinta sí que no se me olvidan», solía decir con esa chispa bohemia que solo un hombre que vivió intensamente la radio puede poseer.
Un Legado de Circuitos y Risas
Heredó su oficio a sus hijos Apolinar, René y Vicente, quienes llevaron el conocimiento de Hato Mayor hasta Nueva York y Puerto Rico.
Aunque a veces se perdía en sus «peroratas históricas» —donde la realidad y la ficción se daban un apretón de manos—, nadie dudaba de su honestidad.
Thomás Taveras fue, en esencia, un sintonizador de alegrías.
En su taller, entre el olor a soldadura de estaño y el ruido de fondo de alguna emisora mal sintonizada, él construyó una leyenda que todavía resuena en las calles de Hato Mayor del Rey.







