POR FARID KURY
Inmediatamente Estados Unidos lanzó la primera oleada de misiles, bombas y drones contra la República Islámica de Irán, el presidente Trump, eufórico, se presentó ante el mundo para comunicarle su gran hazaña de que había bombardeado a Irán, destruido sus defensas y sus programas nucleares y asesinado al Ayatollah Khamenei.
Más aún: proclamó el fin del régimen de los Ayatollah, que lleva 47 años gobernando la tierra persa.
Sin calibrar lo suficiente sus palabras proclamó el fin de la guerra y el triunfo de los Estados Unidos.
Pero del dicho al hecho hay un gran trecho. Estados Unidos está lejos de poder proclamar un triunfo real.
Contrario a lo proclamado por Trump, el régimen iraní logró reponerse de los contundentes primeros golpes, sustituyó a los generales asesinados, sustituyó al propio Khamenei por su hijo, que logró sobrevivir al ataque que mató a su padre, y ahora tenemos a un Irán echando la batalla.
El régimen iraní no ha colapsado, y si no colapsó en las primeras horas o en los primeros días posteriores al ataque, ya no colapsará.
Al contrario, Irán ha demostrado en sus ataques a Israel y a las bases militares norteamericanas diseminadas en los países del Golfo y en algunos países de la península Arábica, como Arabia Saudita, Qatar, Bahrein y Kuwait, que el régimen está cohesionado y en condiciones de responder las agresiones.
Pensaron que el régimen iba a colapsar, que habría una rendición, incondicional o pactada, y que hoy tendríamos en Irán un régimen aliado, permitiéndoles, como en Venezuela, apoderarse del negocio del petróleo, que es lo que, se sabe, busca Donald Trump.
Nada salió como lo previsto. Y eso tiene a Trump molesto y desesperado, porque sabe que el tiempo juega en su contra.
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Trump tiene prisa, los iraníes no. Trump quiere terminar rápido lo que no debió empezar. Los iraníes, escoltados por Rusia y China, juegan a resistir, a ganar tiempo, a prolongar el conflicto y a imponer una guerra de desgaste.
Ni Estados Unidos ni Europa resisten una guerra prolongada. Una guerra prolongada afectaría seriamente sus economías.
El mundo no resiste una guerra prolongada. Tendríamos un caos económico global.
Como Irán no puede medirse en el terreno militar con el avasallante poder de los Estados Unidos, está tratando de conducir la guerra por la ruta que le conviene, que es afectar la economía global, y en consecuencia, obligar a Trump a desescalar el conflicto y negociar.
Casi el 20 por ciento del petróleo cruza por el Estrecho de Ormuz.
Pero no sólo petróleo cruza por el Estrecho. También cruza un por ciento importante de contenedores con diversas mercancías.
Resulta que ese Estrecho está controlado por Irán. Al principio, Estados Unidos pensaron que los iraníes no se atreverán a bloquearlo, y si lo bloqueaban, ellos y sus socios lo abrirían a sangre y fuego.
Pero los cálculos han fallado. Los iraníes lo han cerrado y los gringos no se han atrevido ni siquiera a intentar abrirlo.
Una cosa es lo que se planifica en los salones de guerra y otra cosa es lo que ocurre en el terreno. Todos sabemos cómo se empieza una guerra, pero nadie sabe cómo termina.
Ahora el señor Trump anda desesperado queriendo que sus aliados europeos y las monarquías del Golfo se metan directamente con tropas en la guerra. Y asuman una parte importante del costo de la guerra.
Pero esa guerra no es la de ellos, ni siquiera es una guerra de Estados Unidos.
Esa es una guerra exclusivamente de Netanyahu y Trump, y esos países no están dispuestos a asumir un costo que no les corresponde.
La guerra contra Irán ha entrado en un momento delicado.
Donald Trump, que se ha caracterizado por desconsiderar a los tradicionales aliados europeos y a no tomarlos en cuenta a la hora de diseñar políticas globales importantes, está ejerciendo sobre ellos presión para forzarlos a participar en una guerra que él decidió iniciar sin consultar con nadie.
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Según distintos análisis, la ofensiva contra Irán comenzó sin una estrategia clara y, sobre todo, sin un verdadero consenso internacional.
Ahora la guerra no está saliendo como se esperaba. Irán no se ha rendido ni ha retrocedido. Al contrario, el conflicto se ha alargado y ha empezado a afectar a la economía mundial.
Y si Trump se empecina en seguir la guerra y no busca argumentos para retirarse, pronto el mundo sufrirá un caos económico global.
El mensaje de Trump es claro: Estados Unidos quiere que otros países envíen barcos, misiles, aviones, soldados y aporten dinero para ayudar a resolver una guerra que no decidieron empezar.
Muchos gobiernos han reaccionado con frialdad ante estas exigencias. Dentro de la Unión Europea hay una creciente incomodidad.
Varios países consideran que entrar en esta guerra sería un error grave, por el riesgo militar y por las nefastas consecuencias económicas y políticas.
Pero al señor Trump no le importa lo que piensen sus aliados. El ni siquiera guarda las formas en su interés por involucrarlos en su guerra.
El dilema ahora es saber si esos aliados, tanto los europeos como los árabes, resistirán a esas presiones, y qué tiempo podrán ignorar las presiones de Trump.
La situación deja una imagen bastante clara del problema actual. Estados Unidos tomó la iniciativa militar sin consultar realmente a nadie, y ahora, cuando la guerra se ha complicado, busca repartir el costo entre sus socios.
Pero las guerras no funcionan como una factura que se reparte entre amigos.y socios. Una guerra, y más en estos tiempos, es mucho más que eso.
Lo que sí ha demostrado la historia es que empezar una guerra puede ser relativamente fácil. Lo realmente difícil es saber cómo salir de ella. Y eso es lo que le está pasando a Donald Trump, y por vía de consecuencia, a USA.







