Por Manuel Antonio Vega
Navarrete.– «Corran, Mataron a Kelvis», corrían los motoconchos pregonando la tragedia en las calles del barrio San Miguel.
La noche de ayer sábado en el barrio no terminó con el amanecer; terminó con un grito ahogado y el brillo gélido de una hoja de acero.
Kelvis Reyes Martínez, un hombre de apenas 35 años que ayer caminaba por las calles de Mejía con la vida por delante, es hoy el protagonista de una tragedia que ha dejado a todo un pueblo con el corazón en un puño.
Dicen que no hay furia más ciega que la que nace del pecho, y en esta ocasión, el amor —o lo que algunos confunden con él— se transformó en un verdugo implacable.
En medio de la penumbra, un conflicto que debió resolverse con palabras se selló con la violencia más cruda.
Kelvis no tuvo escapatoria, pues su cuerpo, blanco de la furia y el rencor, recibió múltiples estocadas que fueron apagando su pulso mientras el suelo de San Miguel bebía, ante el asombro de las sombras, su última esperanza.
Mientras en el lugar del crimen las autoridades acordonan el área con cintas amarillas que bailan al viento, en la comunidad de Mejía el aire pesa.
Allí, donde Kelvis tenía su hogar, el llanto de los familiares no para y las mejillas exponen las gotas que nrotan de los ojos de familiares en medio de gritos que nadie puede callar.
La noticia corrió como un incendio en campo seco: «Mataron a Kelvis».
Tres palabras que cayeron como una losa sobre quienes lo vieron crecer y tratar como un joven noble y honrado.
El autor de esta carnicería huyó, dejando atrás el rastro de la muerte y el caos.
Se escabulló entre los callejones, amparado por el silencio cómplice de la madrugada, convirtiéndose en un fantasma que la justicia ahora persigue desesperadamente para darle captura.
Entre el aroma a café de la mañana y el polvo de sus caminos, flota una pregunta que nadie se atreve a responder en voz alta: ¿Cómo puede el odio ser más fuerte que la vida?
La investigación continúa, pero para Kelvis, el tiempo se detuvo en una esquina de San Miguel, donde la sangre escribió el capítulo más amargo de su historia.







