Por Manuel Antonio Vega
En los pasillos blancos y esterilizados del Hospital Infantil Dr. Hugo Mendoza, el aire solía sentirse pesado para la familia de Jonathan Isaac.
A sus escasos tres años, el pequeño no conocía una vida sin el rastro de las batas blancas, el olor a desinfectante y el sonido rítmico de los monitores cardíacos.
Pero el 15 de diciembre, el silencio del hospital fue interrumpido por algo distinto, el asombro fue absoluto.
Con el infante se vivió un
víacrucis de diez meses, con una
pesadilla que comenzó en febrero.
El diagnóstico fue un golpe seco para sus padres: neuroblastoma. No era solo cáncer; era un enemigo agresivo que se había ensañado con el cuerpo menudo de Jonathan.
Desde entonces, la vida del niño se convirtió en un campo de batalla:
Quimioterapias devastadoras que ponían a prueba su resistencia.
Convulsiones constantes que mantenían a la familia en vilo durante las madrugadas.
Llegaron a practicarle 12 intervenciones quirúrgicas, ocho de ellas en su cabeza, dejando cicatrices físicas y una zona desprovista de hueso craneal.
Para mediados de diciembre, los médicos habían identificado al responsable de tanto dolor: una masa alojada en el abdomen, calificada como el «tumor madre».
Según la ciencia médica, este era el epicentro; la fuente que enviaba células malignas al resto del cuerpo.
La cirugía del 15 de diciembre no era una opción, era una urgencia de vida o muerte. Los cirujanos estaban preparados para una intervención de alto riesgo, conscientes de que Jonathan llegaba a la mesa de operaciones debilitado por un historial clínico agotador.
Minutos antes de que el bisturí hiciera el primer contacto, el protocolo exigió una revisión final.
Anestesiólogos y cirujanos se reunieron frente a las imágenes de los estudios más recientes.
Lo que vieron —o mejor dicho, lo que no vieron— desafiaba toda lógica clínica acumulada desde febrero.
Donde antes las tomografías mostraban una masa amenazante y sólida, ahora solo había tejido normal.
Los médicos compararon las placas anteriores con las nuevas, buscaron explicaciones en el tratamiento de quimioterapia, pero la desaparición total y repentina de una masa de ese calibre, justo antes de la extracción, dejó al equipo en un silencio sepulcral.
La cirugía fue cancelada. Un silencio de fe
Mientras el equipo médico buscaba términos técnicos para explicar el vacío en el abdomen del niño, su madre no necesitaba explicaciones científicas.
Durante meses, la familia había optado por el hermetismo, guardando su dolor y sus oraciones en la intimidad de su hogar en Santo Domingo Norte.
»Nos aferramos a la fe cuando la ciencia nos daba las peores noticias», expresó su madre entre lágrimas de alivio.
Para ellos, el quirófano no fue un lugar de operación, sino el escenario de un milagro divino.
Jonathan Isaac ya no es solo un paciente con un historial clínico complejo; es un símbolo.
Su caso ha trascendido las paredes del hospital Dr. Hugo Mendoza para convertirse en una narrativa de esperanza en toda la República Dominicana.
Para la comunidad médica, es un caso de estudio sobre remisiones inexplicables; para el mundo de la fe, es la prueba de que, a veces, la última palabra no la tiene el diagnóstico, sino la vida misma.







