Por Manuel Antonio Vega
SABANA DE LA MAR.- En el remanso de Sabana de la Mar, donde el murmullo de las aves del campo es la única banda sonora, la noche del pasado lunes cayó con un peso distinto, un silencio que no era de paz, sino de ausencia.
La noticia corrió como un escalofrío, dando cuenta que Rafael Javier Paredes, un hombre arraigado a la tierra, conocido y querido por todos como «La Charra», había sido hallado sin vida.
Su casita de campo, refugio y testigo de una vida dedicada al sudor honesto, se convirtió en el escenario de una partida inesperada.
La Charra, el mayordomo de esa finca, el que conocía cada surco y cada retoño, no despertó esa mañana.
Las primeras luces y las voces oficiales apuntan a un desenlace tan súbito como implacable: un infarto fulminante.
Un ataque al corazón que lo sorprendió mientras dormía, arrebatándolo de su cama en un instante, dejando atrás la labor que lo definía.
La desoladora escena fue descubierta por el más inocente de los ojos: un niño, su compañero en las faenas del campo.
Él fue quien se topó con el cuerpo inerte de Rafael Javier, encontrando el silencio donde antes había la voz y la guía de un hombre de trabajo.
Según las autoridades, el reloj de la vida se había detenido para La Charra unas 24 horas antes de ser encontrado.
Un día entero de duelo en la soledad de su hogar.
Rafael Javier Paredes dedicó su existencia al campo, a esa nobleza que da el sustento y que exige esfuerzo.
Para sus familiares, amigos y vecinos, no era solo un nombre; era un sinónimo de hombre trabajador, honrado y de bien.
Su partida, tan abrupta y solitaria, ha dejado un profundo hueco de tristeza en la comunidad de Sabana de la Mar, un lugar que hoy siente el peso de la tierra sin uno de sus hijos más fieles.
El campo llora en silencio a La Charra, un hombre que se fue como vivió: cerca de la tierra que tanto amó.







