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Juan Bosch: Memorias del Golpe (6/11)

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POR FARID KURY

«Corre por los caminos la noticia,
Santo Domingo sale del infierno,
Por fin elige un presidente puro;
Es Juan Bosch, que regresa del destierro»
Pablo Neruda

Estaban en esas deliberaciones cuando el jefe de la Fuerza Aérea, general Atila Luna, se comunicó con ellos y les dijo en tono conminatorio, a modo de ultimátum, que si no se decidían a hacerme preso, la Aviación bombardearía el Palacio. En ese instante llegó el general Antonio Imbert Barreras y ante la incertidumbre reinante les conminó a abandonar las discusiones y a apresarme. De ajusticiador del tirano, el general se convertía en un despreciable conspirador. Con su ganado prestigio pudo tal vez frenar la conspiración, pero no le interesó. Fue entonces cuando alrededor de las cuatro de la mañana el ministro de las Fuerzas Armadas, el mismo que había jurado fidelidad al poder civil y asegurado con palabras inflamadas ser el más decidido entre los decididos en defender la legalidad constitucional, entró a mi despacho y sin sonrojo ni vergüenza me hizo preso. El Golpe era un hecho. El gobierno constitucional era ya una ficción.

Estaba preparado para renunciar en las primeras horas de la mañana, pero los golpistas, militares y civiles, no podían esperar unas cuantas horas más para salir de mí. Esperar a que renunciara podía causarles problemas, pensaban. Había que apresarme, derrocarme, pronto. Lo habían decidido mucho antes. Sólo esperaban un momento oportuno, un pretexto, y lo encontraron en el intento de destitución del coronel Wessin y Wessin. Por años he escuchado, no sin molestarme, que fue un error mío querer esa destitución. Pero ¿Acáso un presidente no puede destituir un simple coronel? Ese fue un pretexto y nada más, y de la misma manera que lo enarbolaron hubiesen enarbolado cualquier otro tan pueril como ese. Lo que no sabían los golpistas era que su decisión asestaba un duro golpe a la incipiente democracia dominicana, pero también abría el camino a la división de las Fuerzas Armadas. Cada acción genera su contraria, y la acción que iba a generar el desafortunado golpe del 25 de septiembre iba a ser la revolución del 24 de abril de 1965, iniciada precisamente por militares constitucionalistas, que no asimilaban ni aceptaban el derrocamiento del presidente que a fuerza de patriotismo y amor trataba de empujar la democracia.

Con esa acción se consumaba el segundo golpe de Estado en la República Dominicana después de Trujillo. El primero fue en enero de 1962 contra el presidente Joaquín Balaguer y llevó al poder al Consejo de Estado. La misma oligarquía que lo derrocó y deportó fue, con exactitud pasmosa, la misma que me derrocó. En el fondo esa oligarquía me veía como un insalvable obstáculo para administrar a su antojo, a su ancha, las enormes riquezas que a costa de los crímenes y de la explotación del pueblo dominicano había acumulado el dictador Rafael L. Trujillo. En América Latina ese era el tercer golpe de Estado en 1963 y el quinto desde que el presidente John F. Kennedy proclamara para América Latina su política de la Alianza para el Progreso, que se fundamentaba supuestamente y para ironía de la vida, en el respeto y apoyo a los regímenes democráticos, como el encabezado por mí desde el ultimo día de febrero de aquel año.

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