Era el abuelo del exfiscal de Hato Mayor, Manuel Emilio Santana (Papito)
Por Manuel Antonio Vega
Hay hombres cuyo destino no se escribe con tinta sobre pergaminos reales, sino con el polvo fino de los caminos, el tañido seco de las campanas y la dignidad intacta de quien prefiere la penuria a la doblez. En la memoria viva de Hato Mayor del Rey, entre los surcos del río Maguá y la sombra protectora de la Iglesia Vieja, la figura de Víctor Alfonseca, el entrañable Valevicto o Manovicto, se alza no como un mito distante, sino como un escudo hecho de carne, fe y coraje.
Nacido en las entrañas humildes de San Carlos, en Santo Domingo, allá por 1874, el destino pareció marcarle un rumbo errante cuando, siendo apenas un niño de diez años, llegó a tierras hateras cobijado por la mano de su criadora, doña Vitalia Abreu.
Pero la tierra donde uno nace es un azar; la tierra por la que uno decide dar la vida es una elección del alma.
En mayo de 1909, cuando doña Vitalia vendió su morada en la calle Las Mercedes para retornar a la capital, Víctor tomó la primera gran resolución de su existencia: pidió perdón a su protectora y se negó a marchar.
Él ya no era un transeúnte; su corazón latía al ritmo de Hato Mayor, y allí, donde echó raíces, prometió morir y ser sepultado.
A partir de entonces, Manovicto se convirtió en el latido mismo del ejido. Era un hombre de mil oficios y sonrisas sencillas, un poblador de nobleza transparente que lo mismo empujaba la carreta municipal que deleitaba a los muchachos vendiendo yunyunes de “rambuesa” bajo el sol candente.
Poseía la cadencia de la música en las manos cuando golpeaba los timbales, el porte solemne cuando guiaba el primer carro fúnebre tirado por dos caballos negros, y la devoción humilde del sacristán que cuidaba con celo el altar de la Virgen de las Mercedes.
Era, en la más estricta definición, pobre de solemnidad; pero en sus bolsillos vacíos guardaba un tesoro insondable de honradez y decoro.
Sin embargo, la historia reserva horas oscuras para poner a prueba el temple de los hombres sencillos.
En la alborada del siglo XX, la sombra de la intervención militar estadounidense (1916-1924) se cernió sobre la República y Hato Mayor del Rey sufrió los embates criminales del invasor.
Para marzo de 1918, la amenaza no era un rumor lejano: era la antorcha encendida de las hordas del teniente Hatton, dispuestas a reducir a cenizas el pueblo de Hato Mayor del Rey.
Fue el 24 de marzo de 1918 cuando Valevicto dio el paso definitivo hacia la proceridad popular.
Plantado firmemente al lado del presbítero David Santamaría, se transformó en el escudo humano de su comunidad.
Cuando el padre David debió escapar para salvaguardar la vida, la encomienda sagrada recayó sobre las espaldas de Alfonseca.
Víctor convirtió el campanario de la Iglesia Vieja en el altar de la resistencia pacífica. Bajo su supervisión minuciosa, organizó turnos imperturbables de seis horas para que, día y noche, una bandera blanca flameara en lo alto contra el viento, proclamando que allí no había espacio para la guerra, sino una comunidad unida en plegaria y dignidad.
La prueba de fuego llegó con el estruendo de las botas invasoras.
Por el paso del río Maguá avanzó la Compañía 44, mientras que por el alto del Cementerio, en la calle Duvergé, irrumpía la Compañía 33 al mando del mayor Davis.
Pero en lugar de trincheras y fusiles, las tropas se topadas con una muralla imprevista: comisiones religiosas encabezadas por hombres y mujeres en procesión, sosteniendo en alto el lienzo blanco que Manovicto velaba desde la altura.
Aquella lección de serenidad desarmó la soberbia militar; el comandante Melcker debió cambiar la orden de fuego por la de acampar, y el pueblo se salvó de la hoguera.
Los años de ocupación fueron largos, pero la constancia de Víctor no flaqueó.
El 12 de julio de 1924, cuando el último soldado extranjero recogió sus pertrechos, fue la mano curtida del carretillero la que trepó de nuevo a la torre del templo para enhestar la bandera nacional, anunciando a los cuatro vientos la Segunda Restauración de la República e iniciando los festejos de la libertad recuperada.
Pasaron las décadas y la vida de Víctor continuó en la calma austera de su hogar, ubicado en la calle San Esteban número 8 del sector Media Chiva.
Allí compartió sus días con Emilia Núñez, tras haber dejado descendencia con Panchita Santana, entre ellos la recordada profesora Fidelina, cuyo trágico adiós en el incendio de 1961 enlutó a la familia.
A pesar de los pesares y las estrecheces materiales, Valevicto nunca vendió su decoro ni pidió favores al poderoso.
El destino, sutil y piadoso, reservó su último suspiro para una fecha señalada con hilo dorado: el 24 de septiembre de 1964. En el día consagrado a la Virgen de las Mercedes, su patrona espiritual y a quien sirvió durante toda su vida, el anciano sacristán y guardián de la paz cerró los ojos para siempre.
Murió como vivió: sin más riqueza que la admiración silenciosa de su gente y el honor intacto de quien, armado únicamente con una bandera blanca y una fe inquebrantable, logró detener el fuego de los cañones.







