Por Manuel Antonio Vega
El sol de la tarde hoy jueves 25 de diciembre en Juan Dolio todavía quemaba con esa intensidad pegajosa del Caribe cuando el rugido de un motor se apagó de golpe.
No fue un silencio natural; fue un estruendo seco, metálico, de esos que hacen que los transeúntes detengan su caminata y el tiempo parezca congelarse por un segundo sobre la carretera.
Moisés Méndez Frías no llegó a su destino.
En un tramo de la vía que suele ser testigo del paso alegre de turistas y lugareños, la tragedia decidió instalarse.
Moisés viajaba en su motocicleta, esa compañera de dos ruedas que en nuestra provincia se ha vuelto una herramienta de vida, pero también, con alarmante frecuencia, un pasaporte a la muerte.
El choque fue desigual. De un lado, la fragilidad de un hombre y su moto; del otro, un vehículo cuya identidad se perdió en la prisa o en la cobardía, dejando tras de sí solo piezas de plástico rotas y el rastro de una huida.
Cuando las unidades de emergencia llegaron, el aire ya estaba cargado con esa pesadez característica de las escenas de tránsito.
Los agentes de la Digesett y la Policía Nacional se movían entre las luces amarillas y azules de las patrullas, tratando de reconstruir un rompecabezas de metal y asfalto.
Moisés ya no respondía; los golpes, implacables, le habían arrebatado el aliento poco después del impacto.
San Pedro de Macorís vuelve a despertar con el amargo sabor de la pérdida. No es solo un nombre más en las estadísticas de accidentes es una silla vacía, una familia que espera y una comunidad que mira con impotencia cómo sus calles se tiñen de luto una y otra vez.
Mientras las autoridades investigan y buscan al conductor fugitivo, en Juan Dolio queda el eco de un accidente que pudo evitarse.
La imprudencia y la fatalidad se citaron esta tarde, y el resultado, como suele suceder en estos casos, es una herida que no cierra en el corazón de la provincia.
Adiós Moisés Méndez Frías.







