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Chapón, la gacela humana del atletismo en Hato Mayor

Fecha:

​Por Manuel Antonio Vega

​Hato Mayor del Rey despierta con un ritmo que solo los pies de Sergio Julio de la Cruz Berroa parecen comprender.

Antes de que el sol termine de estirarse sobre la carretera hacia Sabana de la Mar, ya los pasos de «Chapón» están marcando el pulso de la ciudad.

A sus 84 años, este hombre no solo corre contra el reloj, sino contra el olvido, transformando una vida de sacrificios en una leyenda de resistencia.

​De la herencia del baile al peso de la calle, Chapón lleva el ritmo en la sangre, pero no de la forma en que muchos esperarían.

Hijo de Julio de la Cruz, el legendario «Papito Quilé», heredó la agilidad de aquel hombre que bailaba bajo las faldas de las damas en los salones nocturnos para el asombro de todos.

Sin embargo, mientras su padre conquistaba las pistas de baile, Sergio tuvo que conquistar la supervivencia.

​Bajo el consejo de su madre, doña Angela Berroa, pisó la escuela Bernardo Pichardo lo suficiente para domar los números.

Con apenas un tercer grado de primaria, Chapón aprendió el arte de sumar y restar, una herramienta que se convertiría en su brújula cuando decidió cambiar los cuadernos por el cajón de lustrar zapatos y, más tarde, por las tijeras de barbero en la Avenida Duarte junto a Mon Rivera.

​El caballero de la suerte

​En 1955, el destino de Chapón se pintó de papel y esperanza.

Se convirtió en billetero, un oficio que ejerció con la dignidad de un banquero de pueblo.

Bajo el ala de Don Alejandro Laureano, su figura se hizo inseparable de la «Esquina Caliente».

​Allí, hasta el 2003, Chapón no solo vendía sueños en fracciones de 55 centavos; era el guardián del «Burro de quinielas».

Entre listas viejas y el bullicio de personajes como Coyoja Monegro y Sijo Patón, la gente buscaba en él la clave de la fortuna.

Pero mientras otros esperaban que la suerte les tocara la puerta, Chapón ya estaba entrenando sus piernas para ir a buscarla.

​El vuelo de la gacela

​El deporte siempre fue su refugio, pues desde aquellos días de juventud siendo receptor en Villa Canto, hasta 1978, cuando decidió que la carretera a San Pedro de Macorís sería su verdadero templo.

​Fue en 1995 cuando el «billetero» se transformó oficialmente en «atleta». Al ganar su primera carrera de 6 kilómetros con el Club Capejón Díaz, Hato Mayor descubrió que Chapón no caminaba: flotaba. «Era una gacela en el aire», dicen quienes lo veían pasar, con los pies apenas rozando el asfalto, como si la gravedad no aplicara para un hombre con tanta voluntad.

​»La edad no determina al hombre, sino la persistencia y la dureza de los pies», se lee entre las líneas de su historia.

​Hoy, las paredes de su casa son un santuario de metal y cinta.

Más de cien medallas, y otras preseas cuelgan como testigos mudos de sus victorias.

En el 2023, mientras otros a su edad descansan, él devoraba 10 kilómetros en el Maratón Claro en menos de una hora, dejando claro que el motor de su pecho sigue tan joven como en 1955.

​Sus hijos —Susy, Nilka, Francia y Georgina— son sus trofeos más valiosos, repartidos por el mundo pero unidos por el orgullo de un padre que «no se queja de nada».

​Chapón es más que un corredor; es un símbolo. Es el hombre que pasó de vender el «extraordinario» en 1983 a ser él mismo un premio extraordinario para Hato Mayor.

Sus récords y su sonrisa intacta exigen que la posteridad le otorgue una calle, no para que lo caminen, sino para que las futuras generaciones intenten alcanzar el ritmo de su ejemplo.

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