Por Manuel Antonio Vega
El corazón, a veces, decide detenerse sin avisar, como si tuviera prisa por buscar el descanso, llevándose consigo historias enteras.
Así, de golpe, un infarto fulminante nos arrebató a mi tocayo Manuel, el eterno «Chambra», dejando un silencio pesado en las calles que una vez caminamos juntos.
Hechó sus raíces en el sector La Guama, dónde se exhibía sin protocolo, pues llevaba una vida de hombre humilde.
»Nos criamos a la par, compartiendo no solo la sangre, sino los días largos de una infancia donde el mundo terminaba en la esquina», escribió Ronny Alberto Santana Morla, en su cuenta de Facebook.
La casa de Rosalía era su cuartel general; un refugio donde las puertas siempre estaban abiertas de par en par.
Allí nunca hubo objeciones, nunca hubo un «no» para entrar, porque en ese hogar el afecto se servía en la mesa y se respiraba en el aire.
Un sello de humildad
Si algo definía a Manuel era su gracia natural, pues no necesitaba de lujos ni de ruidos para hacerse notar.
Su estampa era la de la sencillez.
Era cariñoso, pues siempre se presentaba con el gesto justo para alegrar el día.
ERa de los amigos que sabía que la verdadera grandeza no se grita.
Solidario: Con la mano extendida antes de que alguien se la pidiera, pues puedo asegurar que
esa fue la marca que dejó en todos los que tuvimos la dicha de compartir su camino.
No era solo un amigo; era el ejemplo vivo de que se puede pasar por esta vida siendo luz para los demás.
Duele la partida, duele la rapidez del adiós, pero nos queda el consuelo de lo vivido.
Se va el hombre, pero se queda el recuerdo de aquel amigo del sector La Guama y aquel hombre íntegro de la casa de Rosalía.
»Chambra, tu sencillez fue tu mejor bandera.
Descansa en paz, amigo.
Guarda un lugar allá arriba, que tarde o temprano, en ese barrio eterno, allá nos vemos.






