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Tragedia en la Manuela Díez Jiménez de El Seibo

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POR MANUEL ANTONIO VEGA

Seibo.– La noche del viernes en El Seibo no traía el sosiego habitual, pues en la avenida Manuela Díez Jiménez, el aire cálido se vio súbitamente desgarrado por el bramido de un motor CG que cortaba el viento a una velocidad temeraria.

Eran dos jóvenes, dos vidas a toda prisa que, sin saberlo, corrían hacia un muro invisible de fatalidad justo frente a la Gobernación Provincial.

El estruendo del metal contra la carrocería de una camioneta silenció por un instante el murmullo de la ciudad.
Luego, el caos.

Sobre el asfalto frío quedaron los restos de la imprudencia y la juventud.

Jhon Kelly García de la Rosa, de apenas 17 años, yacía inmóvil, mientras que su compañero de ruta, Arturo Rafael Puello Núñez, de 18, luchaba contra el dolor lacerante de un fémur destrozado que asomaba con crudeza, marcando la gravedad del impacto.

El rastro de la emergencia llegó poco después, las luces intermitentes de las unidades del 9-1-1 pintaron de rojo y azul las paredes de la avenida.

El sonido de las sirenas, que para muchos es ruido cotidiano, esta vez llevaba nombres y apellidos.

En la sala de urgencias del hospital Dr. Teófilo Hernández, el olor a desinfectante y el ajetreo de los médicos no bastaron para retener la vida de Jhon Kelly; su último aliento se escapó entre los pasillos del centro de salud.

Mientras la DIGESETT y la Policía Nacional acordonaban la escena, recogiendo los pedazos de la motocicleta como quien intenta armar un rompecabezas imposible, el ambiente se cargaba de una tristeza densa, casi palpable.

La impotencia de un padre,
sin embargo, en el momento más desgarrador no fue el choque, sino el eco de las palabras de un padre roto.

Frente al cuerpo inerte de su hijo, el hombre no solo lloraba la pérdida, sino la derrota de una batalla que intentó ganar de antemano.

“Yo había vendido un motor que había en la casa para evitar eso, pero ese muchacho no entendía”, confesó entre sollozos, con la mirada perdida en el vacío de una ausencia que será eterna.

En sus palabras se resumía la tragedia de muchas familias seibanas: el esfuerzo inútil de un padre por proteger a un hijo de un peligro que el joven abrazaba como libertad.

La Manuela Díez Jiménez, recuperada ya su calma, quedó marcada por una mancha de aceite y el recuerdo de un rugido que terminó, demasiado pronto, en un silencio de muerte.

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