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Julio Pan» , el hombre que vendía pan a lomo de mulo en Hato Mayor

Fecha:

​Manuel Antonio Vega)

​En las mañanas de Hato Mayor, antes de que el sol lograra rasgar la neblina que bajaba de Las Lomas de Los Jíbaros y los Morales, el eco de unos cascos contra el fango anunciaba la llegada de la vida.

No era un jinete de batallas, sino un caballero de la harina: Julio de León Brea, a quien el pueblo, en un bautismo de afecto y oficio, llamó para siempre Julio Pan.

​Nacido en 1910, Julio fue un hijo de su tiempo. Su infancia estuvo marcada por el brillo del cuero y el polvo de la ocupación.

Frente al campamento de los marines norteamericanos, aquel niño de apenas ocho años aprendió que la dignidad se construye de rodillas, lustrando las botas de los invasores por un centavo de dólar.

Aquellos yanquis, extraños en tierra ajena, ignoraban que ese niño que les devolvía el brillo a los pies poseía una brújula moral que los superaba en estatura.

​Julio Pan fue un sabio de lo elemental.

Aunque las letras le fueron esquivas y nunca pudo dibujar el trazo de un nombre en el papel, su mente era una catedral de aritmética pura.

Criado bajo el ala de Doña Nenita Feliciano, Julio desarrolló un don casi místico para el cálculo.

Sumaba deudas, restaba sobras y dividía esperanzas con una precisión que avergonzaba a los letrados de su época.

Nadie pudo nunca restarle un centavo a su honestidad; su memoria era su libro contable y su palabra, el contrato más firme del Este.

​La Caravana de las barricas

​Cuando el hombre se hizo al mulo, la geografía de Hato Mayor y El Seibo se rindió ante sus pasos.

Julio no solo vendía pan; transportaba un tesoro protegido en barricas de madera para que la humedad del trópico no robara la textura del sobao o la dulzura de las masitas.

​Su jornada empezaba a las 4:30 de la madrugada, cuando el mundo es todavía un susurro. En la factoría de los Nova, ensillaba el destino.

Con el tiempo, su ahorro se transformó en una recua, y su pequeño negocio en una escuela de trabajo.

Jóvenes como el futuro historiador Manuel Antonio Sosa Jiménez (Boby) aprendieron con él que el camino se hace paso a paso, relevándose cada dos días para que el cansancio no venciera la marcha.

​Un Periplo de Barro y Selva

​El mapa de Julio Pan era un rosario de comunidades que hoy suenan a leyenda: Las Palmillas, El Cercado, El Rancho, Mancorneta, El Corozal, El Behicsl, Palo Seco, Vicentillo, La Culebra, Yabón.

Eran tiempos de caminos cenagosos, donde el lodo llegaba a las cinchas de los mulos y los ríos, crecidos por el llanto del cielo, amenazaban con cortarle el regreso.

​—Si no vuelvo, es que el río me atajó— le decía a su esposa, Doña Rosa Bastardo, antes de internarse en la vegetación exuberante que entonces cubría el trayecto a Vicentillo.

​Pero Julio era un hombre sagrado en la carretera. Ni el bandido más desesperado ni el monte más cerrado se atrevían a tocarlo.

En los colmados campesinos, su llegada era un rito.

Le esperaban con huevos de gallina criolla y víveres humeantes, no como a un vendedor, sino como a un pariente que traía el aroma de la civilización en sus barricas.

​El Legado de la Palma y el Zinc

​En 1961, mientras el país despertaba de la larga noche trujillista, Julio Pan clavaba las tablas de palma real de su propia casa.

Construida con el sudor de mil madrugadas, aquella vivienda en la calle Duvergé no solo albergó a sus hijos —Miledy, Mary, Virtudes, Mirian, Mirtha, José y Yuly— sino que se convirtió en el monumento a la decencia.

​Fue un «puro y sabio comerciante», pues fiaba el pan con la confianza de quien conoce el corazón del prójimo y cobraba los domingos con la puntualidad del sol.

Su seriedad era tal, que los hacendados y políticos, se disputaban su compadrazgo, buscando que algo de aquella integridad se contagiara a sus hijos en la pila bautismal.

​El Adiós del Caminante

​Julio de León Brea se despidió del mundo en el año 2000, cerrando un siglo que él mismo ayudó a alimentar.

Se fue como vivió: con la frente alta y las manos limpias.

Hoy, cuando el pan llega en motores y vehículos ruidosos y el asfalto ha sepultado los senderos de fango, el viento de Hato Mayor parece traer todavía el eco de un pregón antiguo.

​El mundo de Julio Pan no era el Hato Mayor de asfalto y ruidos que conocemos hoy.

Era un territorio dominado por una naturaleza indómita, un lienzo verde donde el hombre y el animal debían negociar cada paso con la tierra.

​Caminaba para entoncesplr la selva de Vicentillo, que era el túnel verde.

​Hacia el norte, el camino a Vicentillo se convertía en una catedral de vegetación.

Los árboles de Caoba, Ceiba, Pino Teta, mango, roble y Jabilla se entrelazaban en las alturas, creando un techo natural que filtraba la luz del sol, convirtiendo el mediodía en una penumbra dorada.

​El microclima en ese trayecto era fuerte, el aire siempre olía a tierra mojada y a bromelias.

La humedad era una manta pesada que mantenía el pan caliente dentro de las barricas de madera, mientras el rocío de las hojas gigantes de los helechos goteaba rítmicamente sobre el sombrero de Don Julio.

​El silencio del monte solo era roto por el crujir de las ramas, el canto metálico del Pájaro Bobo, el Carpintero o el Ruiseñor y el eco sordo de los cascos del mulo hundiéndose en el mantillo de hojas secas.

​Los Caminos de Fango y Espejismo
​Cuando la lluvia bendecía —o maldecía— la región, el paisaje se transformaba en un desafío de supervivencia.

Lugares como Las Palmillas y El Manchado hacían honor a sus nombres.

​El Fango, no era simple lodo; era una greda espesa y traicionera que se pegaba a las patas de la recua como si la tierra quisiera reclamar para sí los mulos.

El camino se volvía un «fangal», un río de chocolate oscuro donde Don Julio debía leer las huellas para no caer en un hoyo profundo.

Para 1920 todavía las ruedas de los vehículos no penetraban la frondosa zona; solo recuas de animales transportaban los productos agrícolas al pueblo.

​Los ríos y los arroyos que hoy parecen hilos de agua eran entonces torrentes impetuosos.

El río Cibao, El Magarín, Yabón y sus afluentes dictaban la agenda.

Si el río «se atajaba», el paisaje se convertía en una prisión hermosa donde Julio debía esperar a que la furia del agua descendiera para volver al calor de su hogar.

​El amanecer
​desde lo alto de las lomas de El Corozal o La Culebra, el paisaje se abría en una densa de neblina.

Al despuntar el alba, los valles parecían lagos de nubes blancas de los que solo sobresalían las copas de las Palmas Reales, como mástiles de barcos fantasmas.

​DIn Julio describía: «Era un paisaje de una belleza desgarradora pero cruel».

Por un lado, la abundancia de los árboles frutales —cacaotales, mangos y cítricos— que flanqueaban el camino; por el otro, la soledad absoluta de las «cañadas malas», donde el sol apenas tocaba el suelo y el tiempo parecía haberse detenido en el siglo anterior.

​En este escenario de geografía épica, la figura de Julio Pan cobraba su verdadera dimensión.

No era solo un vendedor; era un navegante de un océano de selva y lodo, el único puente humano entre la civilización del pueblo y la soledad profunda del campo dominicano.

Quisiera ser poeta para seguir describiendo la sencillez y nobleza de Julio Pan, quien era mi vecino en el barrio de Villa Canto, dónde correteaba con sus hijos Yuly y José de León; este último me ofreció los detalles para este humilde, pero rico relato.

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