Roberto Enrique Pérez.Martinez , el irujano del pueblo
Por Manuel Antonio Vega
Hato Mayor dormía bajo el silencio pesado de la madrugada cuando, a las 2:00 de la mañana de aquel lunes 29 de noviembre de 1999, la muerte tocó a la puerta en el sector Media Chiva.
Se llevaba a un hombre que no solo era médico por título, sino por vocación sagrada: el Dr. Roberto Enrique Pérez Martínez.
De las aulas al quirófano
Hijo de un puertoplateño y una hatomayorense, Enrique nació en Santo Domingo en 1955, pero su corazón echó raíces en la tierra del cítrico.
Sus primeros pasos los dio en la escuela Bernardo Pichardo y su carácter se forjó en las aulas del Liceo César Nicolás Penson.
Para 1972, la UASD lo recibió con la promesa de salvar vidas.
Tras graduarse como médico general y especializarse en cirugía en el Hospital Moscoso Puello, su bisturí y su temple recorrieron campos en Ocoa, Los Frailes y Baní.
Sin embargo, su destino estaba escrito en el Este, entre los pasillos del Hospital Teófilo Hernández en El Seibo y, sobre todo, en su amado Hospital Dr. Leopoldo Martínez de Hato Mayor ejerció la medicina como un sacerdocio vestido de blanco.
Para el Dr. Pérez Martínez, el Juramento Hipocrático no era un papel enmarcado en la pared; era una oración diaria.
Era el médico de verdad, ese que no conocía de cansancio si un paciente llamaba, el que abandonaba el calor del hogar y el sueño profundo para acudir al llamado del dolor ajeno.
Junto a los doctores Osvaldo Bazil, Efraín Pacheco y Victoria Pérez, fundó el Centro Médico Especializado Hato Mayor, transformando la antigua casa de la Dra. Victoria, frente a la gobernación, en un refugio de salud para la comunidad.
Su paso por las clínicas Las Mercedes, Arache Poueriet y Zorrilla Cruz dejó una huella de «rectitud, decencia y decoro».
El hombre detrás de la bata
Pero Enrique era más que un cirujano. Era un hombre de «compenetración social envidiable».
Se le veía activo en el Club de Leones (del cual fue presidente), en la Logia Masónica 21 de Enero, en la Cámara Americana de Comercio y, con especial entrega, en el Benemérito Cuerpo de Bomberos Civiles.
En casa, era el esposo de la licenciada Altagracia Albuerme y el padre orgulloso de Renmar y Renya.
Fue esa misma familia la que lo acompañó en su batalla más difícil: un cáncer persistente que, durante años, intentó doblegar su espíritu.
Aunque la enfermedad consumió sus fuerzas físicas, nunca pudo borrar su talento ni su vocación de servicio.
Un legado que camina con el pueblo
Hoy, el antiguo Callejón Lluberes ya no se llama así. Por resolución de la Sala Capitular, esa calle lleva el nombre del Dr. Enrique Pérez Martínez.
Es un recordatorio de que los hombres que practican el servicio social como un sacerdocio nunca mueren del todo; se quedan grabados en la nomenclatura de su pueblo y en el latido de los corazones que ayudaron a sanar.







