Aquí le presento a.mos lectores la crónica de Rafael Díaz “Cucuyo”, el hombre que llenó toda una época musical en mi amado Hato Mayor del Rey
Por Manuel Antonio Vega
El arte musical, en ocasiones, no se aprende en los conservatorios, sino que se lleva en la sangre como una herencia bendita.
Así le sucedió a Rafael Díaz, nacido un 22 de enero de 1922.
No podía ser de otra manera: era hijo de Victoriana Díaz, la legendaria “Reina de los Atabales”, aquella mujer que bajo la enramada de Media Chiva hacía vibrar la tierra en honor a la Virgen de las Mercedes.
De ella heredó el ritmo; de su padre, Emilio “Nino” de la Cruz, la laboriosidad del jardinero que cuida lo que crece.
Fue el músico que aprendió a leer por amor al arte.
La vida de Rafael, a quien todos conocerían como “Cucuyo”, fue una lucha constante contra las limitaciones, pues solo alcanzó el tercer grado de primaria, pero la necesidad es la mejor maestra.
Cuando se integró a la orquesta “La Era Gloriosa”, se vio ante el reto de su vida: cantar sin saber leer.
Fue Don Lilito Albuerme quien, con paciencia de artesano, le copiaba las letras en un cuaderno, permitiendo que Rafael aprendiera a leer ya siendo adulto, impulsado únicamente por el deseo de que su voz fluyera con las notas del maestro Chiquitín Payán.
Fue, en la extensión más pura de la palabra, un músico de oído.
Asimilaba lo que escuchaba con una velocidad prodigiosa, convirtiendo el don genético de su madre en una carrera profesional que lo llevó a fundar y participar en las agrupaciones más emblemáticas de Hato Mayor.
El artesano de mil oficios
Pero Cucuyo no solo dominaba las partituras invisibles; sus manos también hablaban. Fue un «chiripero» incansable y un autodidacta de la herrería, la soldadura y la albañilería.
En las vísperas del Día de los Fieles Difuntos, se le veía confeccionando delicadas coronas de hojalatas para el cementerio.
Más tarde, ese mismo ingenio lo llevó a instalar su propia fábrica de bloques y tubos, un legado de trabajo que heredó a sus hijos.
El hombre de la «marca» y el dominó
Su apodo, “Toto”, nació del fragor de las partidas de dominó, de su exclamación al perder una mano. Allí, entre fichas y cuentos con sus «panas» Toño Morales y Jesús Pololo, se forjaba el hombre jovial y bonachón que Hato Mayor llegó a amar.
Cucuyo era un icono del estilo. Su forma de combinar la ropa se convirtió en una referencia local: todos en el pueblo querían vestir con la elegancia y el porte de aquel músico que nunca perdía la sonrisa.
Era el alma de las veladas y el rey de las serenatas; se decía que sus canciones nocturnas eran tan elocuentes y «pegajosas» que no solo despertaban a la enamorada, sino a todo el vecindario.
Un legado que no se apaga y que era parte de su orgullo fue ver su talento multiplicado en su descendencia.
Formó la orquesta «Los Modernos» para sus hijos, la cual evolucionó hasta convertirse en «La Pelúa», llenando de ritmo innumerables presentaciones.
Hoy, al recordar a la «Luciérnaga de Hato Mayor», recordamos al hombre que cada 27 de febrero celebraba la patria como si fuera su propia fiesta, al amigo de Porfi Jiménez y Chiquitín Payán, y al artista que demostró que para brillar con luz propia, solo hace falta tener el alma afinada y el corazón dispuesto al trabajo.
Cucuyo era una marca musical en su lar nativo, dónde sembraron su ombligo y guardaron sus huesos, para recordarlo siempre, aún después de su muerte.







