Por Manuel Antonio Vega
En los callejones donde el eco de los disparos suele ser la única ley, el nombre de Julio César Santana resuena con un peso distinto.
Para muchos, es simplemente el hombre de tez clara que patrulla con la mirada fija; para el bajo mundo, es «El Españolito», un mote que suena a respeto forjado en pólvora y orden.
Sin embargo, tras el uniforme de la Policía Nacional, habita un estratega: un abogado que entiende que la justicia se defiende tanto en los tribunales como en las calles más peligrosas del Este.
El forjado de una toga y una Insignia
Recientemente, el sol de la mañana brilló con más fuerza sobre sus hombros al recibir el rango de Capitán.
No fue un ascenso de escritorio ni de favores políticos; fue una «raya meritidísima», de esas que se ganan con el sudor de los operativos nocturnos y la impecabilidad de los expedientes.
Santana representa una dualidad escasa en estos tiempos:
El Hombre de Línea Dura: Conocido por no negociar con el caos.
Su paso por demarcaciones calientes ha dejado una estela de orden donde antes reinaba la impunidad.
El Profesional del Derecho: Su formación como abogado le otorga una ventaja táctica. Sabe dónde termina la fuerza y dónde empieza la ley, lo que lo convierte en un oficial letalmente eficiente ante el crimen organizado.
El aclamado regreso al Este
Hay lugares donde el uniforme suele verse con desconfianza, pero en Sabana de la Mar, Consuelo y el Ingenio Quisqueya, la narrativa es otra.
Allí, la figura de «El Españolito» es sinónimo de tranquilidad recuperada.
No es raro escuchar en las esquinas el deseo colectivo de su regreso; es el «policía de los de antes», aquel que no le tiembla el pulso para irse a los tiros con el delincuente si el deber lo demanda, pero que sabe ser ciudadano cuando se apaga la sirena.
»Santana no patrulla para ser visto, patrulla para que el ciudadano pueda dormir.»
Comentario común en las zonas donde ha servido.
Entre el Acero y la Crin: La Pasión en el Club de Caballistas
Pero no todo en la vida de este Capitán es el rigor del servicio, pues cuando se quita el quepis y la funda de la pistola, Julio César Santana busca la libertad que solo el campo abierto puede ofrecer.
Su vida social y su equilibrio emocional encuentran su norte en la carrera de caballos.
Como miembro activo del Club de Caballistas de Hato Mayor, Santana cambia el motor de la patrulla por la nobleza del ejemplar equino.
Es allí donde el hombre de línea dura se suaviza, compartiendo con la comunidad y manteniendo viva una tradición que lo conecta con sus raíces.
En el lomo de un caballo, el Capitán y el Abogado se funden en un solo hombre de pueblo, recordándonos que incluso los más aguerridos necesitan un horizonte en paz hacia donde galopar.
Hoy, con sus nuevas insignias de Capitán, Julio César Santana sigue siendo el mismo hombre de tez blanca y mano firme.
Su historia es la de un servidor público que ha decidido que su mejor defensa es su honestidad, y su mejor legado, un Este dominicano más seguro.







