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El último suspiro de la Reina del Dulce: Adiós a Doña Tula

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Por Manuel Antonio Vega

EL SEIBO, República Dominicana. – Hoy, el aire de El Seibo no tiene el mismo aroma a leche y canela. La provincia se ha despenostalgia pero amarga el corazón: la partida física de Juana Chalas, nuestra eterna Doña Tula, quien a sus casi 101 años ha cerrado su ciclo de vida para convertirse en leyenda.

Su fallecimiento en el día de hoy marca el fin de una era, pero el inicio de un legado que ya está grabado en piedra y sabor.

Nacida en julio de 1925, la vida de Doña Tula fue una lección magistral de resiliencia.

Tras enviudar joven y con la responsabilidad de cinco hijos sobre sus hombros, no se dejó vencer por la incertidumbre, pues lo que comenzó como una estrategia de supervivencia —convertir el excedente de leche de sus vacas en quesos y dulces por sugerencia de su cuñado— terminó siendo el estandarte de toda una región.

Con una tenacidad inquebrantable, transformó el caldero en su mejor aliado.

Aquellas primeras masitas y dulces de leche no solo alimentaron a su familia, sino que conquistaron el paladar de un pueblo que pronto se quedó pequeño para su talento.

Un sabor digno de reyes

La fama de sus dulces cruzó océanos. Es ya parte de la historia local aquella anécdota de los visitantes españoles que llevaron sus delicias hasta la mesa del Rey de España, consolidándola como la embajadora gastronómica del Este.

Sus dulces de guayaba, coco y leche se convirtieron en un «manjar de dioses» que nadie podía dejar de probar al pasar por El Seibo.

Un legado que perdura

Doña Tula no se va del todo. Se queda en: Su familia: Quienes hoy mantienen la antorcha encendida en gift shops y supermercados, preservando la receta original.

Su monumento: Aquel homenaje rendido en agosto de 2022 en la Plaza Cultural Manuela Diez Jiménez, que hoy se convierte en un lugar de peregrinación para recordarla.

El orgullo seibano: Ella demostró que con fe y trabajo, la adversidad se puede transformar en el más dulce de los éxitos.

Hoy, El Seibo llora a su Orgullo del Este.

Se apagan los fogones de su cocina terrenal, pero queda encendida la llama de una mujer que enseñó a todo un país que la vida, a pesar de sus tragos amargos, siempre puede tener un final dulce.

«Su historia es una señal clara de que, ante la adversidad, siempre se puede encontrar la manera de brillar.»

Paz a sus restos.

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