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La infamia del grillete: ¿Es esto autoridad o barbarie?

Fecha:

​Por Manuel Antonio Vega

​Lo ocurrido en el hospital de El Valle, en Hato Mayor, no es un «error de procedimiento» ni un exceso de celo burocrático.

Que una mujer de nacionalidad haitiana, recién parida y en estado de vulnerabilidad absoluta, haya permanecido cinco días esposada a una cama de hospital es, con todas sus letras, una tortura institucionalizada.

​El rostro desalmado del Estado

​Resulta inaceptable que, bajo el amparo de una política migratoria, se despoje a un ser humano de su dignidad más básica.

Impedir que una madre amamante con libertad a su hijo, sometiéndola al suplicio del metal en las muñecas mientras su cuerpo intenta recuperarse del parto, es un acto de una crueldad primitiva.

​¿A qué le teme la Dirección General de Migración?
¿Acaso pensaban que una mujer convaleciente iba a protagonizar una fuga cinematográfica con un recién nacido en brazos? No.

Lo que buscaban era ejemplarizar a través del miedo, una táctica propia de regímenes que han perdido la brújula de los Derechos Humanos.

​El lucrativo negocio del «Gato y el Ratón»

​Mientras se exhibe esta «mano dura» contra las parturientas en los hospitales, en las sombras de las zonas cañeras y agrícolas de Hato Mayor se desarrolla un espectáculo mucho más siniestro: el mercado de la libertad.

Es un secreto a voces que la dignidad tiene precio en el Este dominicano.

Mientras a una madre se le imponen grilletes, a otros se les imponen tarifas.

El «picoteo» policial y militar ha convertido las deportaciones en una subasta humana.

​La tarifa del silencio: Entre 10,000 y 20,000 pesos por «soltar en el camino» a quienes deberían ser procesados conforme a la ley.

​La simulación: Se arresta para cumplir cuotas de visibilidad, pero se libera para llenar bolsillos particulares.

​Un llamado al Palacio Nacional

​Señor presidente Luis Abinader, a sus oídos llega una narrativa de eficiencia, pero en el terreno lo que impera es el descrédito.

Sus agentes no están protegiendo la frontera; muchos están negociando con la miseria ajena.

​El Estado dispone de mecanismos legales y civilizados para gestionar la migración.

Esposar a una mujer tras dar a luz no es control migratorio, es un procedimiento criminal que expone a la República Dominicana ante el mundo como un país capaz de tolerar la barbarie.

​La soberanía no se defiende con crueldad, se defiende con integridad.

​Si el gobierno no investiga este caso y no detiene la extorsión sistemática en las zonas agrícolas, el discurso de la «legalidad» no será más que una máscara para ocultar una realidad podrida.

No estamos defendiendo la ilegalidad; estamos repudiando que, en nombre de la ley, se actúe como criminales.

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