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Caballito, el mago más famoso de Hato Mayor

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¿Quién conoció a Caballito o Takamun Jr. el mago más prestigioso de Hato Mayor?

Por Manuel Antonio Vega

El aire en Hato Mayor solía espesarse cuando él caminaba. No era el miedo lo que detenía el pulso del pueblo, sino esa incertidumbre eléctrica que precede a lo imposible.

Se llamaba Victor Alejandro Silvestre Vásquez, pero para la historia y la leyenda que aún susurran los callejones de Villa Canto, siempre será Caballito, el mago que domesticó el asombro.

La Sastrería de los Sueños

Hijo de la estirpe mágica de Takamun Silvestre y del vientre protector de doña Orfelina Vásquez, Caballito entendió temprano que el mundo es una escenografía y nosotros, meros espectadores.

Su centro de operaciones era la calle Genaro Díaz. Allí, pared con pared con el sastre Hunyo Rivera, se gestaba la mística.

Hunyo no solo cosía telas; armaba la armadura de un mito. Le confeccionaba trajes de un blanco impoluto —»la limpieza del alma», decía el mago— rematados por un turbante que desafiaba al sol con un botón destellante en la frente, un faro que hipnotizaba antes de que la primera moneda desapareciera.

El Alquimista de lo Cotidiano

Caballito no necesitaba teatros de mármol. Su escenario era la esquina, el polvo del camino y el hambre del amanecer.

Podía despertar con los bolsillos vacíos, pero al salir por el desayuno, el hambre se convertía en arte.

El Milagro de la Caja de Fósforos: Ante los ojos de los escépticos, una simple caja de cerillas se transmutaba en un billete de cien pesos a través de un hipnotismo colectivo que rozaba lo sagrado.

La Ilusión del Ave: Una paloma brotaba del aire como si el cielo mismo se la prestara, para luego desvanecerse en el parpadeo de un ojo.

El Desafío a la Muerte: Su acto más tétrico y fascinante era el del ataúd.

Un día fue al.Show del Mediodía y acepto encerrarse en un ataúd en madera, y permitía que un serrucho implacable dividiera su cuerpo en dos, para luego emerger sin un rasguño, sonriendo con esa risa fañosa que era música para el pueblo.

«Su magia no dejaba nada a la imaginación porque la realidad misma se doblaba ante su voluntad.»

Un Corazón de Blanco

A pesar de su fama en la República Dominicana y su brillo en tierras mexicanas, Caballito nunca permitió que la grandeza lo cegara.

Decía que la perfección no era para elevarse sobre los demás, sino para servirlos.

Era un hombre de contrastes: celaba sus libros de magia con la ferocidad con la que se cuida a una mujer hermosa, pero cuando sus manos rápidas lograban atrapar los pesos, no los retenía.

Los repartía. Los billetes que aparecían por arte de magia terminaban en las manos de los vecinos, en el pan del amigo, en el alivio del necesitado.

Su verdadera magia no era quitar la ropa interior a una mujer sin que se diera cuenta o hacer que un incauto pusiera huevos de pato; su mayor truco fue convertir la escasez en alegría.

El Acto Final

La muerte, esa gran escapista que no permite trucos de vuelta, lo alcanzó a los 50 años en México. Se dijo que fue un accidente automovilístico, una colisión de metal y destino que apagó el brillo de su turbante.

Se fue el hombre de los reflejos exactos, el hermano de los Gálvez, el vecino impecable que irradiaba paz.

Pero en Hato Mayor, cuando el viento sopla sobre la calle Genaro Díaz, todavía parece escucharse el eco de una carcajada y el leve roce de una seda blanca.

Caballito no murió; simplemente realizó su desaparición más ambiciosa, dejando al mundo entero preguntándose cómo lo hizo.

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