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Ángel Aponte, «El último arquitecto de la aguja en Hato Mayor

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Ángel Aponte y la noble estirpe del buen vestir

Por Manuel Antonio Vega

En Hato Mayor, donde el tiempo parece detenerse en los aleros de las casas antiguas, existe una trinchera contra la moda desechable.

Allí, entre el zumbido hipnótico de las máquinas de coser y el aroma a tela recién planchada, resiste Ángel Adolfo Aponte Fulgencio.

En una época donde los oficios artesanos se desdibujan bajo el peso de la modernidad, Ángel no solo cose telas: él esculpe la elegancia de una generación.

El ADN de una aguja

Ángel nació el 27 de diciembre de 1965, predestinado al hilo y la tijera. No fue una elección, fue un destino escrito en el tejido familiar.

Hijo del legendario sastre Zacarías Aponte, conocido en la memoria popular como «Pachuché» o «Rey Cuchilaza», y de la modista Cándida Fulgencio Peguero, Ángel respiró desde el primer aliento el aire cargado de tizas y retazos.

«Antes de ser sastre, ya era sastre», suele decir. Y no miente.

Mientras otros niños jugaban a las escondidas, él vivía entre los pantalones que sus padres confeccionaban para los trabajadores cañeros.

A los doce años, sus manos, aún pequeñas pero ya diestras, empezaron a domar la tela.

En aquel tiempo, una docena de pantalones se cosía por apenas tres pesos, y el acabado final no venía del vapor eléctrico, sino del esfuerzo artesanal de una plancha atizada con carbón, pesada y ardiente.

El camino del aprendizaje

Su formación fue un viaje por los talleres emblemáticos de la ciudad.

Tras la partida de su padre en 1990, Ángel se refugió en la sabiduría del maestro Wanellys Rivera (Hunyo), con quien pulió su técnica durante cinco años.

Luego, bajo el amparo del taller de William Lizardo, terminó de forjar su carácter de buen sastre.

Finalmente, en 2008, encontró su propio refugio en la calle Santiago Silvestre, número 34.

Fue allí, sobre una vieja máquina Regina adquirida en 1986 —con la ayuda providencial de 200 pesos que le prestó Isabelito Amparo—, donde Ángel comenzó a construir su nombre.

Aquella inversión, que costó mil 230 pesos, no solo compró hierro y engranajes; compró la independencia de un hombre que decidió hacer de la sastrería una forma de arte.

Ángel Aponte es un purista, pues para él, el traje —ese tríptico sagrado compuesto por pantalón, chaleco y saco— es la cúspide de la sastrería.

A su taller acuden abogados, pastores y profesionales que entienden que un buen traje es una armadura social.

La confianza es tal, que muchos le entregan el pago total por adelantado, una rareza en tiempos de desconfianza, pero una norma cuando se trata de un maestro.

Sus métodos conservan la esencia de la vieja escuela: aquel uso de papeles para crear patrones precisos, el desbaratar una prenda ajena para entender sus secretos, y esa capacidad casi alquímica de leer el cuerpo humano para envolverlo en perfección.

Cicatrices y anécdotas

La vida del sastre también está escrita en su cuerpo y en sus peripecias.

Ángel recuerda con humor aquella vez que el motor de la máquina, caprichoso y veloz, devoró parte de un traje destinado a un gerente del Banreservas, obligándolo a una reconstrucción milagrosa.

O la marca perenne en su dedo mayor de la mano derecha, un bautizo de sangre provocado por un descuido, recordatorio de que la aguja, aunque servicial, siempre exige respeto.

Hoy, Ángel observa el panorama con una mezcla de orgullo y nostalgia.

Reconoce que la sastrería vive una decadencia de maestros; los jóvenes, rápidos para el remiendo, a menudo carecen de la paciencia necesaria para la confección.

Ángel Aponte no solo ha vestido a Hato Mayor; ha vestido su historia.

Junto a su esposa, la educadora y contadora Iris López, ha formado una familia, mientras su hijo Ángel Adriel observa el legado que su padre ha construido puntada a puntada.

Mientras haya profesionales en Hato Mayor que necesiten vestir con dignidad, el taller de la Santiago Silvestre seguirá siendo el último templo donde la aguja, el hilo y la tiza dictan las leyes de la elegancia.

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