Por Manuel Antonio
Las calles de Hato Mayor amanecieron con un silencio espeso, de esos que duelen. No era un miércoles cualquiera; la noticia corrió de esquina en esquina dejando rostros compungidos y un vacío enorme en el corazón de la comunidad.
Se había marchado Lan Peguero, uno de sus hombres de barrio más dinámicos, un roble de la barriada de Gualey.
Lan no era un hombre de pasar desapercibido.
Su vida estuvo marcada por la pasión política y el servicio a los suyos. Fue un cuadro importante, de esos que sostienen las bases, primero en el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y luego en el Partido Revolucionario Moderno (PRM).
No sabía de tibiezas: se batía la vida con cualquier mortal si se trataba de defender sus ideales y a su organización política. En tiempos de elecciones, Lan se transformaba; era un auténtico león «joseando» los votos en la calle, buscando hasta el último apoyo para asegurar la victoria de su partido.
Una diabetes crónica, silenciosa y tenaz, fue la única batalla que no pudo ganar, arrebatándolo de los brazos de su pueblo antes de tiempo.
Pero más allá del fragor de la política, detrás del estratega de barrio, estaba el ser humano. Quienes lo conocieron de cerca saben que su mejor campaña la hacía a diario con su trato amable, su sonrisa franca y esa cordialidad natural que le sumaba amigos a cada paso.
Lan era la solidaridad hecha persona: un buen hijo que honró a sus raíces y un valeroso padre de familia que lo dio todo por los suyos.
Hato Mayor despide hoy a un líder comunitario, pero sobre todo, a un hombre noble.
Gualey extrañará sus pasos, su dinamismo y su fuerza, pero su legado de lucha y afecto se queda sembrado en la memoria de su gente.
Paz a sus restos.






