Por Manuel Antonio Vega
La comunidad de El Manchado, a seis kilómetros al norte en Hato Mayor del Rey, se encuentra sumida en un profundo e inesperado luto. La muerte no avisa, pero cuando se lleva a hombres de la estatura moral del educador Anselmo Cueto Monegro, el golpe se siente el doble de seco, el doble de doloroso. A destiempo, y de la forma más abrupta imaginable —víctima de un infarto fulminante al miocardio—, se ha apagado la vida de un hombre que hizo de la enseñanza su apostolado.
El destino quiso que el fatal desenlace lo sorprendiera lejos de su amada tierra natal. Al momento de su repentino deceso, el profesor se encontraba compartiendo con familiares en la ciudad de Salvaleón de Higüey.
Lo que prometía ser un encuentro de afectos familiares se transformó, en un parpadeo, en el inicio de un luto que hoy trasciende las fronteras de la provincia.
Un maestro de los de antes: Persuasión y cercanía
Anselmo no era un educador cualquiera; pertenecía a esa estirpe de maestros tradicionales que hoy escasean.
En sus aulas no hacía falta alzar la voz ni recurrir al autoritarismo; él imponía la disciplina con el peso de su presencia y el uso maestro de la persuasión.
Sabía que para guiar una mente, primero había que tocar un corazón.
»Repartió empatía por caminos y callejones», comentan quienes lo conocieron en las rutas rurales de Hato Mayor.
Esa misma entrega lo convirtió en un referente dentro del sector magisterial, donde se ganó a pulso el aprecio, el respeto y la admiración unánime de sus colegas, quienes hoy ven un pupitre vacío imposible de llenar.
Lealtad inquebrantable y un «mar humano»
Si en las aulas fue un guía, en las calles fue el amigo por excelencia.
Anselmo Cueto Monegro practicaba una lealtad radical: era el amigo del amigo. En su presencia, la difamación no tenía cabida; no permitía que nadie hablara mal de los seres que estimaba y a quienes consideraba personas de bien.
Defendía a los suyos con la misma firmeza con la que enseñaba.
Hoy, esa siembra de amor y respeto ha dado su cosecha más amarga, pero a la vez más hermosa.
La residencia materna de la sección El Manchado, donde se velan sus restos, se ha convertido literalmente en un mar humano.
Vecinos, exalumnos, colegas educadores y allegados han abarrotado el lugar, rompiendo el silencio del campo con el murmullo de las anécdotas compartidas y el llanto inevitable de la despedida.
La casa paterna se ha quedado pequeña para albergar a tanta gratitud.
El último camino hacia la paz
La comunidad se prepara para darle el último adiós al hombre, al maestro, al amigo. El sepelio se efectuará la tarde de este viernes a las 5:00 p.m., hora en la que su cuerpo será trasladado al cementerio Cristo de los Milagros.
Allí, la tierra de Hato Mayor recibirá los restos de uno de sus hijos más nobles, mientras que su legado de empatía, disciplina y lealtad se quedará sembrado para siempre en las aulas y en el corazón de El Manchado. Paz a su alma






