Historia y evolución de la mecánica en Hato Mayor(1 de 2)

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POR MANUEL ANTONIO VEGA

La República Dominicana de la primera mitad del siglo XX era un país predominantemente rural, donde la tracción animal y la fuerza humana sostenían la economía. Sin embargo, la llegada de la industrialización exigió la aparición de hombres capaces de domar los nuevos monstruos de metal: los motores de combustión, las maquinarias agrícolas y los aserraderos.

En la región Este, y de manera muy particular en Hato Mayor, la historia de este oficio no solo representa un avance técnico, sino una verdadera epopeya de supervivencia, ingenio y herencia familiar.

  1. La Era Dorada de Raúl Maduro y los Aserraderos

El año 1936 marca el verdadero punto de partida para la mecánica moderna en Hato Mayor.

En una época convulsa, caracterizada por la férrea dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y la persecución en los campos del Este contra los insurgentes —los llamados «Gavilleros del Este»—, transitar por caminos inhóspitos era tentar a la muerte.

En ese escenario hostil arribó a Hato Mayor un hombre procedente de San Pedro de Macorís: Raúl Maduro.

Su misión inicial era puramente industrial: instalar los aserraderos de don Juan Barceló Artiguez en las comunidades de Juan Jiménez y el Kilómetro 15 de la carretera hacia Sabana de la Mar.

Considerado unánimemente como el «Padre de la Mecánica Moderna» en la zona, la relevancia de Maduro era tal que, cuando emigró a los Estados Unidos (donde finalmente falleció), la mecánica local entró temporalmente en un limbo.

Los escasos empresarios de la época dependían exclusivamente de sus manos para reparar los camiones, automóviles y tractores agrícolas que circulaban en aquellos turbulentos tiempos.

  1. La primera generación de discípulos

El legado directo de Raúl Maduro no solo reparó máquinas; formó hombres. Su taller funcionó como la primera «escuela técnica» informal de Hato Mayor.

Entre sus alumnos directos destacaron nombres que sostuvieron el parque vehicular y agroindustrial en las décadas posteriores:
Guarionex Fernández (El Guario), nacido en 1938 en San Pedro de Macorís, aprendió directamente de Maduro.

Demostrando una precoz habilidad, se independizó a los 15 años trasladándose a Sabana Grande de Boyá, para luego retornar en 1957 a Hato Mayor, donde estableció su taller en la calle Gastón Fernando Deligne.

César Julio Rijo Luis (Lilo): Inició su aprendizaje con Maduro en 1959. Cuando su maestro partió a Nueva York en 1976, Lilo se independizó.

Más adelante, elevó el oficio a nivel académico al estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad Central del Este (UCE).

Néstor Monegro (Nenito): Aprendió en el taller primigenio de la calle Manuel de Jesús Silverio. En 1961 se independizó instalando su taller en la calle Independencia (estación Arco, luego Isla).

Tras trabajar unos años en la protectora La Altagracia en la Capital, regresó en 1977 al callejón Félix Lluveres esquina Genaro Díaz, donde ejerció hasta el día de su fallecimiento.

Danilo Rivera Salas (Blanco Bacinilla): Absorbió los conocimientos de Maduro hacia 1964 y abrió su propio camino en 1975 en el kilómetro 2 de la carretera que va hacia Sabana de la Mar.

Escuelas de oficios, ingenios y Obras Públicas: Otras rutas del saber

A medida que avanzaba la segunda mitad del siglo XX, la mecánica en Hato Mayor comenzó a nutrirse de otras fuentes de formación técnica, como los talleres de los ingenios azucareros vecinos y las dependencias estatales de Obras Públicas.

Nélsido Jiménez (El Conejo), formado en Obras Públicas, fue uno de los grandes mecánicos de Hato Mayor, al igual que Kiko Santana Díaz y su hermano Jacinto Santana, entre otros que se mantien vigentes en varios puntos estratégicos de la provincia.

La influencia extranjera y nuevas corrientes

La evolución técnica local también recibió el impacto de inmigrantes de las Antillas Menores y de habla inglesa.

Un ejemplo de ello fue el taller «Milagro», que operaba en 1979 en la salida hacia Sabana de la Mar bajo la dirección del inglés Domingo Criterio Venders.

De este taller anglófono salieron mecánicos de la talla de Julio Vilorio (Morenito), quien se independizó en 1983 detrás de la bomba Texaco, y Manuel Sánchez (El Maco), nativo de Anamá, El Seibo.

De igual forma, la herencia de otros maestros de provincias vecinas enriqueció el ecosistema local. Tal fue el caso de Celestino Constanzo Jerez (Mecanicón), formado en El Seibo por el maestro Miguel Fiallo, quien se asentó en Hato Mayor en 1992 en la calle Donato de Mota.

El Relevo Generacional: Dinastías del Motor

La mecánica en Hato Mayor ha sido, ante todo, una herencia de sangre.

El conocimiento no se quedaba encerrado en las bitácoras, sino que se transmitía de padres a hijos en jornadas extenuantes de grasa, llaves inglesas y soldadura.

Dinastías Mecánicas de Hato Mayor:
La línea de Guarionex Fernández: Su hijo, Vladimir Fernández (El Rubio), nacido en 1965, se interesó por los motores desde la infancia y hoy mantiene el taller familiar junto a sus hermanos.

La escuela de Lilo Rijo: En su taller no solo se tecnificó el oficio, sino que se formó a profesionales como Monchy Rivera y los hermanos Santana, expandiendo el conocimiento incluso fuera de las fronteras dominicanas.

La herencia de Blanco Bacinilla: Danilo Rivera Salas logró transmitir la pasión y el sustento a cinco de sus hijos: Julio, Carlos, Joselico, Danilo y Pedrito Rivera, quienes asumieron las herramientas de su progenitor.

El legado de Luini Mota: Quien educó directamente en el oficio a su hijo José Luis Mota en el sector de Villa Canto.

Crónica del pionero: Raúl Maduro

Raúl Maduro, pionero de la mecánica moderna en Hato Mayor desde 1936, estableció las bases industriales y formó a la primera generación de mecánicos, clave para la maquinaria agrícola y forestal del Este dominicano.

Este oficio evolucionó de una «escuela» informal en sus talleres a una tradición de dinastías familiares que pasaron el conocimiento de padres a hijos, marcando la historia industrial de la zona.

En su taller de la esquina con Faustino Echavarría, el metal crujía con un ritmo seco, casi musical. Un hombre de manos ennegrecidas por la grasa y el hollín levantaba la mirada para limpiar el sudor de su frente con el dorso del antebrazo, dejando un rastro oscuro sobre la piel.

Acababa de fundar, sin saberlo, la capital del ingenio en Hato Mayor.

Venía de San Pedro de Macorís, un territorio donde el vapor de los ingenios ya había enseñado a los hombres a hablar el idioma de los pistones. Pero Hato Mayor era otra cosa.

En aquellos años, adentrarse en los caminos del Este era tentar al destino. El eco de las botas yanquis de la ocupación de 1916 aún resonaba en la memoria, y la tiranía de Trujillo perseguía con saña a los últimos «Gavilleros», esos insurrectos alzados en los montes que la propaganda oficial tildaba de malhechores.

Viajar por las rutas inhóspitas hacia Sabana de la Mar no era solo un asunto de transporte; era una ruleta rusa.
Pero don Juan Barceló Artiguez necesitaba madera, y para la madera hacían falta aserraderos.

Así fue como Maduro llegó a las maniguas de Juan Jiménez y al Kilómetro 15.

Llegó para domar la madera, pero terminó domando los motores.

Con el tiempo, la vieja fábrica de hielo Papaterra cedió su espacio al taller de don Raúl. Aquel lugar se convirtió en una suerte de santuario laico.

Cuando un camión Internacional o un tractor agrícola tosía y se apagaba en medio de una guardarraya, los terratenientes y colonos de la época no buscaban un milagro; buscaban a Maduro.

Él era el único que entendía el misterio de las bielas y las cámaras de combustión en una ciudad que apenas despertaba a la modernidad.

Por eso, cuando los años le pesaron y don Raúl empacó sus maletas para marcharse a morir a los Estados Unidos, un silencio de óxido cayó sobre el pueblo.

La mecánica entró en un limbo. Las máquinas quedaron huérfanas.

Pero las semillas ya estaban sembradas en la mente de los muchachos que merodeaban el taller, respirando el olor a combustible.

​Los hombres mueren, las herramientas se oxidan y los talleres cambian de nombre.

Pero en Hato Mayor, cada vez que un motor ruge en la madrugada y rompe el silencio del campo, es el fantasma de Raúl Maduro y su estirpe de hierro que sigue despierto, recordándole al pueblo que la libertad también se construye con una llave de tuercas.

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