​La época de los tránsfugas políticos

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​Por Manuel Antonio Vega

​Desde tiempos inmemoriales, la fauna política dominicana ha contado con una especie que muta de piel según soplen los vientos del poder: el tránsfuga. Son aquellos que, desprovistos de ideología pero con el olfato bien aguzado, buscan adherirse a las fuerzas políticas que exhiben músculo y que se perfilan como opciones reales de gobierno.

Su meta es simple: congraciarse con los nuevos amos, colocarse en la primera fila de los mítines y hacerse notar a fuerza de aplausos prestados.

​Llegan de todos lados. Se hacen cómplices sin el menor pudor; repiten consignas y pronuncian discursos replicando, hasta en el tono de la voz, a los líderes de turno.

Hoy corren en estampida hacia el PRM, ayer lo hicieron hacia el PLD o la Fuerza del Pueblo (FP), y en su momento desataron el mismo furor por el PRSC.

​En el fondo, estos camaleones de la política buscan que los tomen en cuenta mucho antes de que el partido ascienda al solio presidencial.

De la noche a la mañana, se convierten en feroces y asiduos defensores de la plataforma política a la que se arriman, pretendiendo borrar con saliva y lisonjas su pasado en la acera de enfrente.

​Los inquilinos del pastel

​Cuando estos arribistas llegan como nuevos inquilinos a una parcela política, su ambición no tiene límites; quieren hincarle el diente a todo, incluyendo las tierras agrícolas que históricamente se reparten en tiempos de campaña.

Lo peor del caso es que muchos corren con la suerte de alcanzar una tajada del pastel gubernamental mucho antes que aquellos militantes legítimos que se fajaron en el nacimiento, el crecimiento y el frío de la llanura del partido.

​Para colmo de males, muchos de estos «enganchados» terminan recibiendo un sueldo del Estado, dinero que brota del sudor del pueblo, para realizar esa única y exclusiva labor de aplaudir y defender lo indefendible.

​¿Qué es realmente un tránsfuga?

En el plano institucional, el transfuguismo ocurre cuando un representante electo (congresista, alcalde o regidor) abandona el partido o la coalición que lo postuló para unirse a otra organización a menudo la facción contraria, durante su mandato.

Esta práctica altera de forma ilegítima el equilibrio de poder en las instituciones, ya que la curul o el escaño se ganó gracias a la estructura y los votos del partido original, y no necesariamente por la mística o popularidad individual del candidato.

​Tránsfugas e ineptos: Las garrapatas del poder

​El verdadero drama comienza cuando estos personajes logran enquistarse en el tren gubernamental. Una vez dentro, se hace una tarea titánica utilizar la escoba contra este grupo de tránsfugas e ineptos que se pegan a las instituciones públicas como garrapatas de potrero.

​Si bien el fenómeno es viejo, el transfuguismo ha alcanzado niveles alarmantes y mayor notoriedad en pleno siglo XXI, una era donde la fragmentación de los partidos es la norma y el clientelismo político se mueve con una astucia alarmante.

A los gobiernos de las últimas cuatro décadas les ha encantado rodearse de estas corporaciones de burócratas grasientos y lambones que, al verse perdidos y al «echarse las palomas» un gobierno, saltan de inmediato como monos, de rama en rama, buscando el próximo árbol que dé sombra y frutos.

​Algún día, el pueblo esperaría que los tránsfugas dejen de pulular entre los partidos del sistema. Se han convertido en plagas parasitarias que, lejos de sumar bienestar, terminan devorando la moral de sus propios protectores y provocando su colapso.

​Hasta ahora, tanto la Junta Central Electoral (JCE) como el Congreso Nacional han sido extremadamente timoratos, por no decir cómplices, ante una práctica que pudre las bases del sistema democrático y debilita la institucionalidad de los propios partidos.

Mientras la ley no ponga un freno real y drástico a este mercado de conciencias, la política dominicana seguirá bajo el asedio de quienes cambian de chaqueta tan fácil como cambian de opinión.

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