Hay una crisis cacaotera en el país

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Por Manuel Antonio Vega

En su célebre mito de la caverna, Platón nos advertía sobre el peligro de vivir encadenados a las sombras de la inmediatez, confundiendo las proyecciones pasajeras con la realidad sustancial. Al leer el reciente y alarmante comunicado de la Fundación Dominicana del Cacao (DR Cocoa Foundation), es imposible no sentir que la política agropecuaria nacional habita, precisamente, esa penumbra. El gremio denuncia una verdad incómoda: el estancamiento de tres décadas de un sector vital, la parálisis institucional y una preocupante tendencia estatal a reaccionar ante las crisis fitosanitarias solo cuando el daño ya es irreversible.

Esto no es un simple fallo administrativo; es un síntoma del mal filosófico de nuestra época: el presentismo hiperbólico. Vivimos en una cultura política atrapada en el instante, incapaz de mirar el mañana.

Martin Heidegger argumentaba que el ser humano moderno tiende a cosificar el mundo, a ver la naturaleza no como un tejido vivo con sus propios tiempos, sino como un mero «fondo de reserva» listo para ser explotado en el corto plazo.

El cacao dominicano, atrapado entre caminos vecinales intransitables y la ausencia de investigación científica, es la víctima perfecta de este olvido del futuro.

Del decreto al vacío

En el año 2020, un decreto declaró el cacao como prioridad nacional.

Filosóficamente, el lenguaje tiene un poder creador; para los antiguos griegos, el Logos era la palabra que ordenaba el caos. Sin embargo, cuando el decreto no se traduce en presupuesto, investigación ni extensión agrícola, el lenguaje se corrompe y se convierte en lo que los sofistas dominaban perfectamente: pura retórica vacía.

«No se trata únicamente de proteger una actividad productiva, sino de seguir impulsando uno de los sectores con mayor potencial para generar conservación de los recursos naturales y desarrollo sostenible.», indica la DR Cocoa Foundation.

Esta cita del gremio nos traslada directamente a la ética de la responsabilidad del filósofo Hans Jonas. Jonas formuló un nuevo imperativo categórico para la era tecnológica y ecológica: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”.

El cultivo del cacao no es solo una transacción mercantil de sacos orgánicos hacia el extranjero; es un ecosistema.

Es captura de carbono, protección de cuencas hidrográficas y el sostén de la dignidad del empleo rural.

Cuando el Estado abandona al productor a su suerte, dejándolo, como afirma textualmente la denuncia, «atado de pies y manos» frente a las plagas, no solo está arriesgando el prestigio internacional del país.

Está rompiendo el contrato natural que nos une con la tierra y condenando a las futuras generaciones a la erosión de sus recursos.

¿Por qué el Estado llega tarde?

La fundación señala con temor que la crisis institucional sufrida recientemente por el sector del mango se replique en el cacao.

Describe una dinámica estatal donde las respuestas gubernamentales «suelen llegar de manera tardía cuando las crisis ya están materializadas.
Desde una perspectiva epistemológica, la teoría del conocimiento, esto revela una ceguera autoinducida.

El conocimiento científico no es un lujo suntuario; es la luz predictiva que permite anticipar el caos.

Al no invertir en investigación fitosanitaria ni en innovación, el tejido institucional renuncia a la razón predictiva y se entrega al azar.

Se gobierna desde el bomberismo, apagando fuegos en lugar de diseñar la arquitectura que evite el incendio.

Mientras competidores internacionales avanzan en trazabilidad y biotecnología, la República Dominicana parece atrapada en el mito de Sísifo: empujando la roca de la producción cuesta arriba, por caminos de tierra inaccesibles, solo para verla rodar hacia abajo debido a la falta de apoyo estructural en el mantenimiento de las fincas.

El abandono de los vulnerables y el contrato social
Finalmente, hay una dimensión de justicia social que no podemos ignorar.

El filósofo John Rawls proponía el concepto del «velo de la ignorancia» para diseñar una sociedad justa: las reglas deben hacerse pensando en cómo proteger al miembro más vulnerable de la comunidad.

Si aplicamos a Rawls a la realidad rural dominicana, el abandono de los productores de cacao es una flagrante injusticia moral.

Obligar a un agricultor a perder tiempo y dinero tratando de sacar su cosecha por caminos destruidos es una forma de exclusión violenta.

Dejar al productor local sin herramientas científicas frente a mercados globales que sí innovan es despojarlo de su derecho a competir en igualdad de condiciones.

El prestigio de ser líderes mundiales en cacao orgánico no se sostiene por inercia divina ni por el entusiasmo solitario de los campesinos.

Se sostiene con estructura, con ciencia y con voluntad política de largo plazo.

Hacia una política de la trascendencia

El diagnóstico de la Fundación Dominicana del Cacao debe ser escuchado no como la queja sectorial de un gremio, sino como una advertencia civilizatoria.

Un país que no planifica su agricultura a largo plazo es un país que renuncia a su soberanía y a su futuro.

Es hora de salir de la caverna del corto plazo y de las respuestas tardías. El gobierno debe desatar las manos de los productores cacaoteros.

Devolverles el apoyo en la siembra, combatir las plagas con rigor científico y asfaltar los caminos de la producción es, en última instancia, un acto de justicia filosófica: honrar el tiempo, respetar la tierra y asegurar la dignidad de quienes, desde el surco, sostienen el orgullo de la producción nacional.

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