Esclavitud y sublevación indígena en la Hispaniola2 de 2

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Por Manuel Antonio Vega

El tránsito histórico que experimentó la isla de La Española durante la década de 1520 no fue un simple cambio de matriz productiva; fue un laboratorio existencial donde chocaron dos concepciones del ser humano. El colapso del sistema de encomiendas y la transición hacia la economía azucarera desnudaron la hipocresía de una metrópoli que intentaba conciliar la justificación moral de la conquista con la voracidad material del capitalismo embrionario.
Filosóficamente, este periodo nos obliga a formular una pregunta punzante: ¿puede la libertad ser administrada por el opresor, o es inherentemente un acto de insurgencia?

El «Experimento» de la dignidad humana
Los textos histórico nos recuerdan que los frailes Jerónimos y jueces como Rodrigo de Figueroa intentaron implementar «experimentos» de liberación controlada y la creación de pueblos de indios.

Desde la perspectiva del poder, la libertad era concebida como una concesión paulatina, condicionada a que el indígena se integrara a una forma de trabajo «política», un eufemismo para designar la sumisión a una sociedad de clases.

Aquí radica la primera gran contradicción ontológica del modelo colonial: se pretendía «humanizar» al indio obligándolo a deshumanizarse en el trabajo minero y tributario.

Cuando Figueroa constató que los nativos no satisfacían el tributo ni se adaptaban a la lógica de la acumulación, el poder colonial dictó su sentencia: el indígena era un «recurso» exiguo que debía ser preservado, no por justicia distributiva, sino por pura utilidad geopolítica.

De la Encomienda al ingenio

Ante la inminente extinción demográfica del indígena y la negativa del colonizador español a «ensuciarse las manos», la administración colonial recurrió a la importación masiva de africanos esclavizados.

Este giro introduce uno de los episodios más dramáticos de la filosofía moral en América: el arrepentimiento de Fray Bartolomé de las Casas.

Las Casas, cegado inicialmente por el sesgo de la época, creía que los negros ya eran esclavos legítimos en sus tierras debido a «guerras justas» interiores.

Su posterior y amargo remordimiento al descubrir la verdad, que los africanos eran libres hasta que el mercado transatlántico los cosificaba, prefigura el imperativo categórico kantiano: el ser humano jamás debe ser utilizado como un mero medio para los fines de otro.

La caña de azúcar y el cañafístola florecieron en La Española, pero sus raíces se nutrieron de una transmutación perversa: cambiar un cuerpo explotado por otro para sostener el mismo altar del dios dinero.

«La sustitución de la mano de obra en La Española no fue un avance social, sino el perfeccionamiento de la alienación: la libertad de una raza se erigió sobre las cadenas de otra.»

Enriquillo y la resistencia

Es en este escenario de incertidumbre y transición donde emerge la figura del cacique Enriquillo en 1519.

El análisis de su rebelión en el Bahoruco trasciende la crónica militar; es un tratado vivo de praxis liberadora.

Los indios ya no luchaban con la ingenuidad táctica del ataque frontal de la época prehistórica.

Enriquillo, educado en el idioma y la cultura del dominador, aplicó lo que el filósofo Frantz Fanon describiría siglos después: el uso de las herramientas del opresor para destruirlo.

Su guerra de guerrillas no fue un impulso salvaje, sino un acto de razón estratégica.

Al organizar conucos en zonas inaccesibles, crear redes de espionaje, cortar la lengua a los animales para evitar ser descubiertos y prohibir el retorno a los mismos senderos para burlar la tortura, Enriquillo no solo protegía su vida; estaba fundando un espacio de contrasoberanía.

El Bahoruco dejó de ser una cadena montañosa para convertirse en un concepto filosófico: el espacio geográfico de la libertad innegociable.

El impacto de la guerrilla de Enriquillo desestabilizó el naciente modelo agroexportador.

Al paralizar la extracción de oro en el Cibao y hacer peligrosas las comunicaciones internas, la resistencia indígena demostró que el orden colonial era vulnerable.

La despoblación del interior de la isla y el repliegue de los españoles hacia zonas seguras evidenciaron que un sistema basado en la explotación absoluta lleva en su propio código genético el germen de su crisis.

Mirar la Española de la década de 1520 a través del prisma del presente nos obliga a entender que la historia dominicana y caribeña nació bajo el signo de una tensión irresuelta.

Por un lado, la lógica del capital que maquilla la opresión con burocracia y reformas insuficientes; por el otro, el grito indómito del Bahoruco que nos recuerda que la libertad no se negocia, no se ensaya en laboratorios reales y no se detiene ante la amenaza de la extinción.

Enriquillo y los miles de anónimos que se refugiaron en las montañas demostraron que, incluso cuando la carne está condenada a desaparecer, el espíritu de la resistencia permanece invicto.

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