Cuando Santana preguntó: «¿Quién es ese Gregorio Luperón?”

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POR FARID KURY

A veces la historia de un país cambia de manos sin que sus protagonistas lleguen a comprenderlo. Ocurre cuando una generación envejece y otra, casi sin darse cuenta, comienza a ocupar su lugar. La Guerra de la Restauración, esa en la que dominicanos con machetes derrotaron al aguerrido y veterano ejército español, ofrece uno de esos episodios extraordinarios. Tuvo como escenario los campos de Arroyo Bermejo y Guanuma, y como protagonistas a dos hombres separados por treinta y ocho años de edad, y por dos maneras distintas de representar la República Dominicana.

Uno era Pedro Santana. Tenía sesenta y dos años y, durante casi dos décadas había sido el militar más respetado del país. Había derrotado a los haitianos, vencido a sus adversarios internos, conquistado el título de Marqués de Las Carreras y construido un prestigio, casi de leyenda, que parecía imposible de desafiar.

El otro era Gregorio Luperón. Apenas contaba veinticuatro años. No provenía de las viejas familias militares ni acumulaba prestigio social. Su nombre había comenzado a escucharse con admiración después de la importante batalla de Santiago en los primeros días de septiembre de 1863, pero seguía siendo un joven oficial que apenas iniciaba su carrera. Nadie habría imaginado que el destino terminaría enfrentandolo nada menos que al general Pedro Santana y el destino de la guerra restauradora descansaría en un momento crucial sobre sus hombros.

Después de la batalla de Santiago, el gobierno restaurador presidido por José Antonio Salcedo, Pepillo, recibió una noticia que causó mucha preocupación. Pedro Santana marchaba desde Santo Domingo al frente de unos dos mil hombres con la misión de abrirse paso hasta el Cibao. El objetivo era claro: recuperar Santiago, destruir el gobierno restaurador y asestar un golpe que podía decidir el curso de la guerra.

La preocupación era enorme. No solo avanzaba un ejército numeroso. Avanzaba el hombre cuyo nombre había sembrado respeto durante diecisiete años de campañas militares. Muy pocos estaban dispuestos a enfrentarlo.

Entonces apareció Gregorio Luperón y aceptó enfrentarlo. No fue un gesto de temeridad juvenil. Fue una decisión consciente. Sabía perfectamente quién era Santana y comprendía que, si el viejo caudillo conseguía romper las líneas restauradoras y penetrar en el Cibao, la guerra podía quedar prácticamente decidida. Aceptó marchar a detenerlo, pero exigió una condición que revela hasta qué punto entendía la gravedad del momento: que el gobierno restaurador declarara a Santana, como en efecto hizo por decreto, fuera de la ley y ponerlo a disposición de la justicia.

Para Luperón no se trataba de una venganza personal. Santana era el principal sostén militar de la Anexión. Mientras permaneciera al frente de las tropas que combatían por España, seguiría siendo una amenaza para la causa restauradora.

Existe una anécdota que resume el abismo que separaba a ambos hombres.

Cuando Pedro Santana fue informado de que el gobierno restaurador había enviado a Gregorio Luperón a detener su avance, miró al aguerrido general Juan Suero y preguntó con extrañeza:

—¿Quién es ese Gregorio Luperón?

La pregunta parecía natural. ¿Cómo iba a conocer el viejo general el nombre de un muchacho de veinticuatro años que apenas comenzaba a destacar en la guerra? Santana ignoraba que aquel desconocido sería el hombre destinado a cambiar el rumbo de su campaña y, en cierto modo, de su propia gloria.

Los dos ejércitos terminaron encontrándose en Arroyo Bermejo. Allí comenzó el verdadero duelo. De un lado estaban el prestigio y la experiencia acumulados durante casi veinte años de luchas. Del otro, la audacia de un joven que combatía convencido de que defendía la independencia de su patria. El choque no enfrentaba solamente a dos generales; enfrentaba dos épocas de la historia dominicana.

Contra todos los pronósticos, Luperón consiguió lo que parecía imposible. Detuvo el avance de Santana. Y eso era ya una gran victoria.

El veterano general comprendió que no podía abrirse camino hacia el Cibao. Obligado por la resistencia restauradora, regresó a Guanuma donde quedó inmovilizado. Su campaña había fracasado. El camino hacia Santiago permanecía cerrado. Después de varios intentos infructuosos, no le quedó otra alternativa que regresar a Santo Domingo con la misión incumplida.

Aquella retirada tuvo un significado mucho mayor que un simple revés militar. Por primera vez, el hombre considerado invencible había sido detenido por un joven general al que ni siquiera conocía. El prestigio construido desde las campañas contra Haití, fortalecido por las guerras civiles y consagrado con el simbólico título de Marqués de Las Carreras, acababa de sufrir una herida de la que nunca volvería a recuperarse.

Mientras Santana regresaba frustrado a la capital, Luperón emprendía el camino contrario. Desde Arroyo Bermejo y Guanuma dejó de ser una promesa de la Restauración para convertirse en una figura respetada. A partir de entonces, su nombre comenzó a crecer al mismo ritmo que disminuía el prestigio de Santana. Es lo que siempre sucede: una estrella empieza a apagarse y otra a encenderse. Es ley de vida, ley de la historia. En esta ocasión, le tocó a Santana el momento oscuro de apagarse, y a Gregorio Luperón el de encenderse, con una luz que duraría más de tres décadas para apagarse.

En 1844, Pedro Santana había sido uno de los hombres decisivos para fundar la República. Veinte años después, Gregorio Luperón se convirtió en uno de los hombres decisivos para salvarla. El primero representaba la generación de la Independencia; el segundo, la generación de la Restauración.

No es fácil imaginar lo que debió de pasar por la mente de Pedro Santana durante su regreso a Santo Domingo, derrotado por un joven cuyo nombre pocos días antes ni conocía.

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