Por Manuel Antonio Vega
La experiencia de la vida deja lecciones y lecturas que a menudo resultan inverosímiles para los mortales de a pie. Existen ojos que no ven, aun estando sanos y libres de patologías orgánicas. Personas que parecen despertar envueltas en una pareidolia constante: ven rostros o figuras donde no los hay, condicionadas por el trauma o la sobreestimulación.
Reconocen patrones y siluetas aleatorias que no responden a un concepto real, no por un trastorno mental, sino por el ritmo frenético de un accionar cotidiano que las pone a elucubrar, buscando un sentido distorsionado a todo lo que las rodea.
En todo ven problemas sin resolver; en lo abstracto ven formas concretas e inconclusas.
En el ser humano común vive y se desarrolla una idea primitiva de supervivencia que muchos asumen que debe ser heredada de forma automática.
Así, el cerebro procesa estímulos confusos: ven rostros en los objetos y, al caminar por las calles, perciben a una sociedad enojada cuando, en realidad, esta se muestra alegre.
Estos ciegos con los ojos abiertos normalizan la problemática social.
Avanzan como quien cabalga ilusionado hacia la nada, sin detenerse a observar su entorno.
Ven siluetas amontonadas hasta en las montañas y en los caminos reales, dejándolas pasar sin descifrar.
Son individuos que escuchan antes sus propios ecos que el pensamiento ajeno, incapaces de analizar y conceptualizar sobre un tema específico.
En definitiva: no creen en lo que ven, sino que ven solo en lo que creen.
Por eso no aportan nada al debate ni a la opinión pública. Son ciegos funcionales a quienes los hechos sociales no mueven ni motivan a luchar.
Todo lo perciben alterado porque no meditan: solo miran por mirar.
Se muestran incompletos, carentes de noción de raciocinio, proyectando la frustración de quien no comprende su entorno.
La libertad de ver y analizar a la sociedad los vuelve vulnerables ante los cuestionamientos, porque no tienen sustancia para defender su postura.
¿Por qué son ciegos con ojos?
Sencillamente por carecer de la capacidad para interpretar a una sociedad en ebullición; una estructura social que hoy pasa del estado líquido al gaseoso.
Para tejer el conocimiento que nos encamina hacia la libertad de interpretación y al razonamiento crítico dentro de las sociedades organizadas, se requiere atención y profundidad.
El «ciego con ojos» no es solo un individuo distraído: es un problema del conocimiento que afecta a toda la sociedad.
Una colectividad que hoy, más que nunca, necesita ajustar sus catalejos para visualizar con claridad el rumbo del mundo global.







