Por Manuel Antonio Vega
Hay quienes mueren y caen en el olvido, pero existen figuras cuya extinción terrenal solo logra perennizar su legado. Su lucha trasciende las épocas para convertirse en símbolo de resistencia, dignidad e ideología. Ese fue el destino de la cacica Anacaona, la mujer que prefirió la muerte antes que someterse al yugo colonial español y cuya memoria sigue palpitando en las entrañas de la isla Hispañola a 523 años de su ejecución en el patíbulo, ordenado por el Gobernador Nicolás de Ovando.
Anacaona, cuyo nombre en lengua taína significa «Flor de Oro», fue una de las personalidades más influyentes del cacicazgo de Jaragua. Reconocida por su inteligencia, agudeza política y sensibilidad artística, no solo gobernaba: era también poetisa y compositora de areítos, los cantos y bailes ceremoniales que preservaban la memoria histórica, la cultura y la cosmovisión de su pueblo.
Esposa del indómito cacique Caonabo, jeque de Maguana, y hermana de Behechío, Anacaona asumió el liderazgo absoluto de Jaragua tras la muerte de este último.
Cuando Caonabo fue capturado por los colonizadores y enviado a la muerte, la persecución y muerte contra los aborígenes se intensificó.
Lejos de amedrentarse, la soberana concentró un vasto liderazgo regional, convirtiéndose en el alma de la resistencia taína frente a las brutalidades de la encomienda y la esclavitud.
A cinco kilómetros al norte de San Juan de la Maguana, en medio de pastizales y vegetación autóctona, se conserva la Plaza Ceremonial Taína, popularmente conocida como «El Corral de los Indios».
Este recinto, delimitado por hileras circulares de piedras que servían de bancos naturales, era el anfiteatro político y religioso más sagrado de la isla.
Allí se reunían las masas para celebrar rituales, rendir culto a las divinidades ancestrales y escuchar las arengas de sus líderes.
Fue precisamente en el marco de la diplomacia y la búsqueda de paz que se gestó la tragedia.
En 1503, el gobernador Nicolás de Ovando, recordado por la crueldad absoluta con la que sometió a los nativos, organizó una supuesta visita pacífica a Jaragua.
Allí Anacaona, confiando en la palabra del gobernador, lo recibió con honores junto a más de 80 caciques de la región.
La cita resultó ser una trampa macabra. Bajo la falsa sospecha de una rebelión inminente, Ovando ordenó capturar y encadenar a los dirigentes taínos.
La choza donde los agruparon fue incendiada, quemando vivos a decenas de caciques.
Anacaona fue apresada, llevada encadenada a Santo Domingo y, a sus 40 años, conducida al patíbulo.
Fue ejecutada en la horca como si se tratara de una criminal común, buscando con ello humillar el espíritu de un pueblo entero.
Sin embargo, el verdugo erró en su cálculo.
La ejecución no extinguió a la soberana; la convirtió en mito.
El Corral de los Indios quedó desierto por siglos.
Cuenta la crónica popular que el lugar permaneció intocado hasta la Intervención Norteamericana de 1916-1924. En 1918, un grupo de marines estadounidenses llegó al sitio y movió las rocas ancestrales para colocarla verticiladamente la piedra central, al parecer para tomar fotografías.
Se dice que al alterar el orden milenario, los animales de los alrededores entraron en una histeria colectiva inexplicable.
Desde entonces, el misticismo rodea la zona.
El relato oral campesino asegura que la «Flor de Oro» nunca abandonó su santuario; que en las noches silenciosas se ven luces desplazarse entre los arbustos del antiguo anfiteatro y se escuchan los murmullos de rituales milenarios.
Más allá del folclore y la leyenda urbana, la verdad histórica resplandece: Anacaona encarnó la primera gran resistencia contra la opresión en el Nuevo Mundo.
A más de cinco siglos de su asesinato, el impacto de su liderazgo sigue intacto, recordando que hay legados que ni el fuego ni la soga colonial pudieron jamás apagar.







