Por Manuel Antonio Vega
Hay acontecimientos en la historia que quebrantan las coordenadas de la razón y sumergen al ser humano en la perplejidad moral. Lo ocurrido el miércoles 3 de abril de 1805 en la iglesia de Moca no fue únicamente un episodio sangriento en la retirada de las tropas de Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe; fue una bisagra trágica que marcó la memoria histórica del pueblo dominicano y una manifestación palmaria de cómo la política despojada de ética que degenera en nihilismo.
Aquel miércoles, atrapados entre el cerco militar y la desesperación, cientos de mocanos acudieron al templo católico convocados a un supuestamente encuentro pacífico y Te Deum. La ilusión de la paz, como diría Baruch Spinoza, suele ser el refugio de los indefensos.
No obstante, lo que hallaron en el sagrado recinto fue la puesta en práctica de un maquiavelismo brutal: la instrumentalización del engaño para la aniquilación sistemática.
Al cerrar las puertas y arremeter a bayoneta y daga contra hombres, mujeres, ancianos y niños en plena plegaria, el ejército expedicionario no solo atacó vidas humanas; profanó la noción misma del santuario.
Desde la Antigüedad clásica hasta el derecho de gentes, la iglesia representaba un espacio de asilo divino, un límite ético frente a la voracidad de la guerra.
Al quebrantar ese límite, la masacre de Moca encarnó lo que la filósofa Hannah Arendt conceptualizó como la capacidad del hombre para infringir un mal radical: aquel que reduce a la persona a la nada absoluta, despojándola incluso de su estatus de víctima sagrada.
Las tropas de Dessalines venían en retirada, frustradas tras el fallido sitio a la ciudad de Santo Domingo frente al general francés Eugène Ferrand y la amenaza de las escuadras navales enemigas.
El repliegue a través del Cibao, dejando estelas de devastación en Monte Plata, Cotuí, La Vega y Santiago, expone el rostro más sombrío de la naturaleza humana: el paso del estado de derecho al estado de naturaleza hobbesiano, donde «el hombre es el lobo del hombre».
La derrota militar transformó la táctica en odio desenfrenado contra una población civil inocente como la de Moca.
Los relatos historiográficos recuerdan que solo dos personas lograron sobrevivir en Moca, sepultadas bajo una montaña de cadáveres.
En medio de la carnicería, los altares y efigies religiosas permanecieron indemnes, exentas de daños, como muda paradoja del silencio divino frente al libre albedrío sangriento de la humanidad.
A 221 años de aquel holocausto, recordar Moca no responde al deseo de perpetuar agravios pasados, sino al deber moral de la memoria.
La filosofía nos enseña que los pueblos que no elaboran críticamente sus traumas están condenados a padecer fantasmas.
La lección del 3 de abril de 1805 nos exige reflexionar sobre el peligro del fanatismo y el absolutismo en la gestión del poder.
En la isla que compartimos, el imperativo ético del presente debe ser la garantía innegociable de que la barbarie jamás vuelva a usurpar el lugar de la civilidad.







