Recordando a «Tito el Guardia»

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El titán de Hato Mayor: Fuerza, destino y el peso de la honradez

Por Manuel Antonio Vega

El filósofo presocrático Heráclito sostenía que «el carácter de un hombre es su destino». En el caso de Diómedes Laureano, conocido por todos como «Tito el Guardia», su destino estuvo marcado por una naturaleza excepcional. Hasta aquel fatídico 16 de enero de 2014, a sus 62 años, Tito era la definición misma de la fortaleza viva. En un pueblo católico y de arraigadas tradiciones como Hato Mayor del Rey, su imponente nomenclatura física lo convirtió en una leyenda caminante.

Quienes lo vieron en sus años de gloria, allá por la década de 1980, juran que levantaba un burro o una vaca con una sola mano y se los echaba al hombro con la misma facilidad con la que un agricultor carga un quintal de cacao.

Aquella opulencia física, que evocaba a los héroes de la mitología clásica, le ganó una fama legítima tanto en las filas de la Fuerza Aérea Dominicana, donde llegó a ser teniente pensionado, como en el boxeo y el fisiculturismo.

Como maestro de pesas, enseñaba que el cuerpo es un templo de disciplina.

Sin embargo, la filosofía estoica nos recuerda que la fuerza del cuerpo es efímera y que estamos expuestos a los hilos invisibles del azar.

Séneca escribió en sus Consolaciones: «Nadie se ha vuelto tan fuerte que no pueda ser vencido por lo inesperado».

La tragedia de Tito Laureano no vino de un rival en el cuadrilátero ni del desgaste natural de los años.

Vino de la imprudencia sobre ruedas.

Frente al parador “El Oasis”, en el kilómetro 9 de la carretera a El Seibo, una guagua Ban impactó la parte trasera de su motocicleta.

El titán de Hato Mayor fue arrastrado por metros, recordándonos la dura sentencia de Friedrich Nietzsche: «El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo».

La fragilidad humana se impuso en un segundo sobre los músculos de acero.

Al momento de partir, Tito aún trabajaba activamente como supervisor de guachimanes en una empresa privada y dejaba el legado de cinco hijos procreados junto a su esposa, Ramona Rodríguez.

Pero la verdadera grandeza de Tito no residía únicamente en sus bíceps capaces de alzar ganado.

El filósofo Immanuel Kant afirmaba que «dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí».

Tito Laureano entendía esto a la perfección.

Era un hombre de una honradez inquebrantable.

La anécdota que mejor lo define cuenta el día en que encontró una cartera llena de dinero y la devolvió intacta a su dueño.

Cuando le preguntaron por qué lo hacía, su respuesta fue categórica: decía que su honradez estaba muy por encima de la opulencia física por la cual todos lo conocían.

Sabía que los músculos se vuelven polvo, pero la rectitud del alma trasciende.

Podrá haber cometido errores, como cualquier mortal, pero para la comunidad de Hato Mayor del Rey, Tito fue, ante todo, un hombre servicial.

Han transcurrido ya 12 años desde su trágica partida, pero su nombre se niega a desaparecer.

Sigue gravitando con fuerza en las tertulias cotidianas, en las esquinas y en las peñas del pueblo.

Como si se cumpliera la máxima de Cicerón: «La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos».

Tito el Guardia ya no levanta animales pesados frente a multitudes atónitas en Hato Mayor, pero su recuerdo sigue sosteniendo, con una sola mano, el respeto y la admiración de todo un pueblo que se resiste a olvidarlo.

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