VISIÓN PROPIA/RICARDO VEGA
El veredicto informativo del Prorama para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA-2025) no admite matices: la educación occidental y latinoamericana atraviesa un declive estructural que ninguna pantalla táctil ha sido capaz de corregir.
Durante años, los ministerios de educación de todo el mundo se han jactado de modernizar sus aulas llenándolas de dispositivos y conectividad, prometiendo una revolución del conocimiento que los datos acaban de pulverizar. La realidad objetiva muestra mínimos históricos en lectura, matemáticas y ciencias que hipotecan el futuro de una generación entera.
Resulta sintomático el caso dominicano, que a menudo se celebra como un oasis de avance en los titulares por registrar mejoras puntuales en ciencias. Si bien el esfuerzo por ampliar la cobertura escolar merece reconocimiento, la fría realidad del informe demuestra que el país sigue atrapado en el subsuelo de la clasificación global.
Celebrar un avance moderado cuando todavía se está a años luz del estándar internacional mínimo para competir no es optimismo; es conformismo político.
El verdadero problema radica en que el colapso educativo no es un bache pasajero derivado de crisis pasadas. Es la consecuencia directa de dos fallas sistémicas que los gobiernos prefieren ignorar.
Hemos confundido la alfabetización digital con la entrega irresponsable de pantallas a menores de edad. PISA expone una correlación inequívoca: a mayor uso distractivo del teléfono inteligente y las redes sociales en horario escolar, menor capacidad de concentración y razonamiento lógico.
Incluso el abuso de herramientas de Inteligencia Artificial para sustituir el esfuerzo cognitivo individual en las tareas escolares está destruyendo el rendimiento de los alumnos. Las pantallas no están democratizando el saber; están fragmentando la atención.
Mientras los presupuestos se desvían a infraestructuras tecnológicas y software, el corazón del sistema se desangra. La escasez mundial de profesores calificados es una emergencia silenciosa.
Cuatro de cada diez estudiantes en el mundo asisten a colegios donde faltan docentes preparados, ensañándose esta carencia con la educación pública y los sectores más vulnerables.
De nada sirve diseñar reformas educativas vanguardistas ni dotar a cada alumno con una tableta de última generación si los jóvenes de 15 años son incapaces de interpretar un texto complejo, resolver una operación matemática básica o contar con un profesor competente frente al pizarrón.
Los datos de PISA nos exigen un baño de realismo urgente. Es momento de apagar los dispositivos distractores, rescatar el valor pedagógico del libro y la lectura por placer, y volver a invertir de manera masiva en lo único que transforma verdaderamente una sociedad: el capital humano de sus docentes y la exigencia del esfuerzo intelectual de sus estudiantes. Si no corregimos el rumbo hoy, mañana seremos una región gobernada por la ignorancia funcional.







