La venganza que supo esperar

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Cuando el mocano Antonio de la Maza vio el cadáver de su hermano Octavio —Tavito— al instante comprendió que esa muerte debía ser vengada. No necesitó discursos ni juramentos solemnes. Sabía que detrás de esa muerte estaban las manos siniestras del dictador Rafael Leónidas Trujillo, y desde aquel momento tomó una firme determinación: matar a Trujillo. Pero lo extraordinario no fue eso, sino que tuviera la inteligencia necesaria para no permitir que el deseo de venganza se convirtiera en imprudencia.

A primera vista, Antonio de la Maza no parecía un hombre hecho para las sutilezas de la política. Era más bien un hombre de acción, y tenía la costumbre de llamar las cosas por su nombre. Pero, en ese trance, también demostraría tener una inteligencia intuitiva, práctica, capaz de leer adecuadamente las circunstancias y, sobre todo, capaz de comprender la psicología del adversario. Sabía que a Trujillo no se le podía desafiar de frente. Había que engañarlo.

Antonio nunca confundió la firmeza con la precipitación o imprudencia. Entre decidir matar a Trujillo y conseguir hacerlo había una distancia enorme, y había que recorrerla sin levantar sospechas. Por eso comenzó una etapa difícil y desconocida de su vida, llegando a reunirse con el propio Trujillo, e incluso a aceptarle algunas contratas. Para quienes lo observaban desde fuera, aquello podía parecer que había vendido la sangre de Tavito. Pero Antonio no estaba vendiendo la sangre de Tavito: estaba ganando tiempo. Estaba actuando con inteligencia.

Si Trujillo sospechaba que Antonio buscaba vengar a su hermano, no habría segunda oportunidad. No habría dudado un minuto en mandarlo a matar también. Por eso decidió hacer algo que exigía una enorme disciplina interior: aparentar que había aceptado aquello que en realidad había decidido destruir. Las contratas, los acercamientos y las reuniones no eran señales de reconciliación; eran parte de una estrategia de supervivencia. Antonio necesitaba que Trujillo se sintiera seguro frente a él. O al menos, que no se sintiera bronco.

Y llegó incluso a comprender que mientras más lo acusaran de haberse acercado al régimen, más protegido estaría. La sospecha de los demás podía convertirse en su mejor protección.

Un episodio contado por el historiador Alberto Rincón, en una conferencia pronunciada en Moca, retrata la forma de pensar de Antonio. En una ocasión, Rincón le habló de una señora antitrujillista de La Vega que estaba dispuesta a ofrecer dos camiones y su finca para combatir a Trujillo. La propuesta podía entusiasmar a cualquier hombre que estuviera desesperado por terminar con la dictadura. Pero Antonio reaccionó de una manera distinta. Le preguntó, alarmado, si estaba loco. Y entonces pronunció una frase que resume su actitud contra Trujillo: a Trujillo no se le derroca dando saltos por los montes; a Trujillo hay que cogerlo y darle plomazos.

A esa conclusión había llegado Antonio. Había comprendido que el régimen de Trujillo no podía ser derribado mediante aventuras improvisadas, o precipitados gestos heroicos. Trujillo tenía un ejército, un aparato represivo, un servicio de inteligencia y, sobre todo, un sistema de miedo que alcanzaba prácticamente todos los rincones del país. Una acción precipitada podía terminar con la vida de quienes la emprendieran y dejar intacta la dictadura.

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El hombre que había visto el cadáver de su hermano no estaba buscando una muerte gloriosa. Estaba buscando un resultado. Y para conseguirlo estaba dispuesto a esperar el tiempo necesario.

Durante esos años tuvo que vivir con una contradicción terrible. Por un lado, llevaba dentro el recuerdo de Tavito y la certeza de que algún día habría de vengarlo. Por otro, tenía que presentarse ante el régimen como un hombre que podía convivir con él. Debía acercarse al poder que odiaba sin permitir que ese acercamiento contaminara su propósito.

Y eso exige algo más que valentía. Exige dominio de sí mismo. Porque cualquiera puede ser valiente cuando la sangre hierve. Mucho más difícil es serlo cuando hay que callar y esperar. Cuando algunos amigos pueden pensar que has olvidado a tu hermano. Cuando debes soportar que te llamen vendido mientras sabes que estás preparando precisamente la venganza que ellos creen que has abandonado.

Antonio tuvo que soportar esa incomprensión, pero sin dejar de ir construyendo, lentamente, el camino hacia el 30 de mayo. No fue una decisión tomada aquella noche. La noche del 30 de mayo fue solamente el momento en que una decisión antigua encontró finalmente las condiciones necesarias para ejecutarse. Lo demás había sido preparación: contactos, conversaciones, cautela, observación, silencios, riesgos y una extraordinaria capacidad para no dejarse arrastrar por las emociones.

Y cuando finalmente tuvo todo amarrado, Antonio supo que había llegado la hora de la venganza y de entrar en la historia por la puerta grande. Ya no tenía nada que esperar.

La noche del 30 de mayo de 1961, acompañado por los hombres que habrían de compartir con él aquella empresa, salió al encuentro de Trujillo. Lo que sucedió después pertenece a la historia dominicana y ha sido contado muchas veces. Pero hay una imagen que conserva toda la fuerza del personaje: Antonio de la Maza disparando contra el hombre al que había decidido matar desde el día en que contempló el cadáver de Tavito.

Fue él quien disparó primero con su escopeta calibre 12. Y fue también él quien, al final de la balacera, volvió a disparar. Entre el primero y el último tiro había quedado tendido un régimen de treinta y un años. Y en medio de aquella noche terrible y decisiva, Antonio pronunció la frase que habría de quedar asociada para siempre a aquel instante: «Este guaraguao no come más pollitos».

El significado de aquellas palabras iba mucho más allá de la muerte de un hombre. Era el final de una larga espera.

Antonio de la Maza había llevado durante años una decisión que solo podía compartir con muy pocos. Había aprendido a convivir con la sospecha ajena, a soportar la incomprensión de sus propios amigos y a acercarse al dictador sin permitir que el acercamiento significara rendición. Había comprendido que la venganza, para ser efectiva, necesitaba dejar de ser solamente una pasión y convertirse en estrategia.

Antonio parecía gobernado por el impulso, pero supo contenerlo durante años. Tenía una razón poderosísima para actuar con furia y, sin embargo, escogió la paciencia. Tenía motivos para precipitarse y prefirió esperar.

Y esa fue su gran victoria sobre Trujillo: el dictador que sospechaba de todos, que desconfiaba de todos y que había hecho de la vigilancia un instrumento de poder, no consiguió descubrir a tiempo que Antonio había convertido la venganza en un proyecto, el silencio en un arma y la paciencia en su mejor defensa.

Y cuando llegó el momento, no falló. Por eso, más que un hombre que buscó la venganza, fue un hombre que supo valientemente esperar para consumarla.

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