Por Manuel Antonio Vega
Hato Mayor siempre ha sido un pueblo que ha buscado colocarse a la altura social y económica de otras ciudades de la región Este, siendo protagonistas siempre hombres y mujeres con visión de desarrollo. Muchos de esos adelantos se vienen dando desde principios del siglo XX, cuando el aspecto urbano se iba alejando de lo que en un tiempo era llamado aldea o comarca.
Es así como para el año 1904, un puñado de hombres, encabezados por los ilustres munícipes Pedro Alfredo Dalmau (higüeyano), Carlos Vilomar (petromacorisano) y Ciprián Echavarría (hatero) se nuclean para establecer el primer tren de carretas tiradas por bueyes, entre esta población y el paraje de El Bote, en la sección Don López, que era donde operaba el embarcadero natural de la plaza a San Pedro de Macorís y la capital por la vía de navegación del río Higuamo.
Para la época, el hatomayorense Adolfo Cordero tenía lanchas y botes para llevar, vía río Higuamo abajo hasta San Pedro de Macorís, mercancías diversas.
El historiador Melchor Contín Alfau escribió en su libro «Hato Mayor del Rey: Reseña Histórico-Geográfica, Tradicional y Religiosa», que posteriormente este sistema de transportación de los productos agrícolas y de las mercaderías se extendió a San Pedro de Macorís por el camino de Guayabo Dulce, Los Chicharrones, Ingenio Consuelo y a la importante región cacaotera de El Cercado.
El nuevo sistema de transportación de mercancías agrícolas era lento, aunque seguro.
Vino a sustituir el viejo sistema de recuas de caballos, mulos y burros, implementado por la generala Secundina de los Reyes.
El tren movido por bueyes contribuyó notoriamente al auge comercial de la época, pues permitía el acarreo de ciertos artículos, como la madera aserrada, el cemento, el zinc y otros, cuya transportación a lomo de mulos o caballos se hacía difícil, prácticamente imposible.
La nueva forma de transportación de carga revolucionó la actividad comercial en el ejido, como antiguamente era denominado Hato Mayor del Rey.
La tradición ancestral arrastra que como conductores de estas carretas trabajaron Victoriano Baret, de nacionalidad cubana, Máximo Martínez, Rufino Núñez y Domingo Ramos, oriundos de Hato Mayor.
Fueron héroes anónimos de esas fatigosas jornadas.
En tiempos normales, el viaje de ida y regreso a El Bote tomaba dos días; a Macorís, tres.
Mientras que en períodos de lluvias, con los caminos enfangados, era asunto de una semana el viaje a uno u otro sitio.
Hay que destacar que a Carlos Vilomar y Alfredo Dalmau les sucedieron en esta empresa Juan Dionisio Huertas (puertorriqueño) y Luis Martínez (macorisano), quienes conservaron el negocio hasta sustituirlo por líneas de camiones, cuando hizo su aparición el vehículo de motor y mejoraron las condiciones de los caminos, estableciéndose la comunicación con San Pedro de Macorís, de 1919 en adelante, pues ya se había eliminado la línea de El Bote.
Destaca que en tiempos anteriores a estos, el transporte de frutos y mercancías se hacía directamente a San Pedro de Macorís y desde la capital, y en días más remotos por vía de Guaza (Ramón Santana), por el camino de Mata de Palma.
Los comerciantes más fuertes tenían sus propias recuas y tiros de carretas, entre estos: Matilde Echavarría de Polonio, Ramón de Castro, Juana de Mota viuda Albuerme, Alejandro Zapata, Simón A. Hoffiz y otros.
Los tiempos fueron cambiando y con ellos nuevas formas de transportación terrestre, que fueron marcando la economía agrícola de un pueblo como Hato Mayor, que se ha desarrollado contando con la sapiencia y visión de desarrollo de su gente.







