HATO MAYOR.- La gesta cultural de Iris Madrigal y Manuel Antonio Vega, dos soñadores de la cultura en el Hato Mayor del Rey.
En la República Dominicana de los años ochenta, los barrios no solo se construían con cemento y zinc; se levantaban a base de dignidad, organización comunitaria y sentido de pertenencia. En Hato Mayor del Rey, una villa histórica cuyas raíces se remontan a los prados ganaderos fundados hacia 1520, el sector Las Malvinas nació en medio de la convulsión social, moldeado por la lucha tenaz de familias vulnerables que disputaban un solar donde hincar sus vidas.
En ese escenario de polvo, carencias y esperanza, germinó la experiencia socio-cultural más trascendental de la zona norte de la ciudad.
Iris Madrigal, una joven educadora con vocación trasformadora, unió sus ideales al genio inquieto del periodista Manuel Antonio Vega.
Juntos comprendieron que para salvar a la infancia y a la juventud del olvido institucional no bastaba con reclamar servicios básicos; era indispensable sembrar identidad.
Fue así como fundaron el Club Socio-Cultural Las Malvinas, un espacio que pronto se transformaría en el epicentro de la conciencia ciudadana del barrio y en un faro cultural para toda la región oriental del país.
El florecimiento de la mangulina
El club no tardó en encontrar su alma: la mangulina.
Bajo la dirección del maestro Daniel Rojas, conocido popularmente como Daniel Mirambó, recordado como uno de los máximos exponentes y virtuosos en la enseñanza de este ritmo folklórico en Hato Mayor, el grupo folklórico comenzó a ensayar con una disciplina rigurosa.
Mirambó infundió en los jóvenes no solo la técnica del zapateo y la elegancia del cortejo tradional, sino el orgullo por la dominicanidad.
En las filas del elenco de danza destacaron nombres que quedaron grabados en la memoria colectiva del pueblo: Ingracia Mercedes, Mirtha Sosa y su hermano Yobo Sosa, junto a Muirby y Grisel Madrigal.
Detrás del escenario, el sostén operativo y moral contaba con figuras indispensables como Kelman Madrigal, los integrantes de la familia Reinoso y Daniel Sena, esposo de Iris Madrigal, quien se convirtió en una columna vertebral para la logística y el respaldo incondicional del proyecto social.
El impacto del grupo trascendió rápidamente las fronteras de Las Malvinas.
El espectáculo alcanzaba su punto culminante y más emotivo con la aparición de un niño de apenas tres años de edad. Aquella criatura, con una agilidad sorprendente y movimientos incandescentes sobre las tablas, desataba la ovación unánime del público en cada auditorio donde se presentaba, convirtiéndose en el gran atractivo de la agrupación.
De la provincia a los escenarios nacionales
Pronto, el Club Socio-Cultural Las Malvinas puso a Hato Mayor en el mapa artístico del país. Sus presentaciones se multiplicaron a lo largo y ancho de las demarcaciones orientales: San Pedro de Macorís, La Romana, Higüey, El Seibo, El Valle y Sabana de la Mar.
No había fiesta patronal, encuentro comunitario o certamen cultural en el Este donde la mangulina de Las Malvinas no dejara una huella imborrable.
El prestigio conquistado fue de tal magnitud que la agrupación dio el salto a la capital.
En Santo Domingo, se presentaron en escenarios de alta proyección, incluyendo el emblemático club de Chery Marcos y los espacios televisivos y culturales del recordado productor y humorista Freddy Beras-Goico.
Aquel fenómeno comunitario conquistó también el corazón del sector privado local. El comercio y el empresariado de Hato Mayor buscaban activamente a la directiva del club para patrocinar la confección de los trajes y uniformes, diseñados y confeccionados localmente, exhibiendo con orgullo la identidad hattomayorense en cada costura.
Un legado de conciencia y dignidad
El surgimiento y auge del Club Socio-Cultural Las Malvinas no fue un hecho aislado.
Ocurrió en un momento histórico en que la cultura, la literatura y el arte actuaban como catalizadores del despertar de la conciencia social en la juventud dominicana.
A través del baile, las charlas educativas y la acción comunitaria, Iris Madrigal y Manuel Antonio Vega lograron arrebatar decenas de niños y adolescentes al desencanto.
Demostraron que desde la barriada más humilde, nacida de la necesidad y la resistencia, era posible gestar excelencia artística y liderazgo ético.
Mirado a través del prisma del tiempo, el Club Las Malvinas se consagra como la organización más influyente, sólida y notoria de la zona norte de Hato Mayor del Rey durante la década de 1980.
Fue, ante todo, un paradigma de cómo la vocación docente, el periodismo comprometido y el arte folklórico pueden unirse para transformar la realidad de un barrio y tejer una página imborrable en la historia cultural de la región Este.
Faltaron protagonistas, ayúdenos a completar escribiendo sus nombres







